Publicado por
pedro trapiello
León

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Acabará siendo verdad aquello de «a esa tía le crecieron las tetas antes que los dientes» con que señalamos groseramente la precocidad en las mujeres o en sus artes. Un estudio hecho público días atrás en Estados Unidos, muy comentado con alarmas en todos los medios informativos de allí, demuestra que la pubertad se está adelantando asombrosamente entre la población femenina americana, pues en no pocos casos se presenta a la edad de siete u ocho años, cuatro o cinco antes de lo que venía siendo la norma menstrual fijada entre los doce o trece. Es mucho salto en muy poco tiempo. ¿Está preparada una niña de tan corta edad para la fecundidad? La opinión pública de aquel país naufraga atónita entre la perplejidad incrédula y los grandísimos temores.

En niñas hispanas se había denotado este adelanto y se achacaba al origen cálido de su genética, pero ahora ocurre lo mismo con las anglosajonas, caucásicas o asiáticas. Se desconoce a ciencia cierta la razón del fenómeno. Hablan de alimentación saturada o de obesidades que precipitan el crecimiento; incluso se cree que al vivir esta sociedad en ambientes plagados de estrógenos y miasmas químicas, es probable que el sistema hormonal esté sufriendo mutaciones o cambios severos. Total, que el embarazo de una niña a los diez años, como aquella del Bierzo, podría considerarse tardío.

No niega Sócrates Valdueza todas estas posibles causas, pero añade sus consideraciones particulares: las nenas de hoy están estimuladas desde todos los ángulos por el fascinante mundo femenino glamuroso y consumista que las impele a desear ser mujer cuanto antes, las visten de misses o pilinguis desde el tacatá, teles y artistas les exigen imitación urgente, en los patios de los coles cuchichean las guarrerías que pescan al vuelo unas chavalinas que ruborizarían a sus madres si les dijeran lo que saben, maquillajes y tacones llegan tras la primera comunión, todo en ellas es un poderoso impulso psicológico que agita cada potencia para alcanzar su sueño femenino... y por si fuera poco, no regalamos a las niñas inocentes muñecas peponas, sino una Barbie firulí (tan mujercita ella con su Kent pirulón) para que tengan bien clarito su papel desde la guardería.

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