Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

L a Asunción de la Virgen es una revelación, un anticipo. En este acontecimiento, Dios, nuestro Padre, nos dice algo importante a nosotros los creyentes. Y por medio de nosotros a los hombres que lleguen a escucharnos.

La primera afirmación llena un ansia del corazón de los hombres. Responde a las preguntas por el fin último de cada uno de nosotros. Y por el destino de la humanidad. Sin quitarle nada al sentido de la historia intramundana, reafirmando la necesidad de instaurar el Reino ya, Dios nuestro Padre nos confirma lo que intuíamos: que la vida no termina aquí. Que nos aguarda una eternidad gloriosa. Que nuestra vida aquí no agota toda la realidad que contiene: somos seres para la vida. La muerte es la puerta para alcanzar una plenitud que a veces intuimos, que en ciertos momentos -y de modos muy diferentes- incluso experimentamos: la inmortalidad. La eternidad está metida en nosotros. Somos eternidad. Sí, en una mirada, en un perdón, en el gozo de un encuentro... aparece, intuimos, que estamos llenos de eternidad. Que en alguna zona desconocida de nosotros, limitamos con Dios. Con el Dios que es vida. Con el que resucitó a Jesucristo. Con el que ya dio su plenitud a María, la primera creyente. La Nueva Mujer en la que se genera la Nueva Humanidad. La Asunta y Adentrada en el misterio de la Vida Permanente. Más aún: la que ya fue introducida en la plenitud de nuestro ser divino. Siguiendo a Jesús, en Jesús, María vive ya ese «Dios es todo en todos» de que nos habla el Apóstol San Pablo.

En segundo lugar, la fiesta de la Asunción nos hace recordar a quién elevan. Nos dice que es una cristiana, una creyente, la Madre de Jesús. Una de nosotros -por muy eminente que la pensemos-. Y ahí entendemos la inflexión: esa vida es modélica. Esa actitud es la premiada. Esa orientación es la considerada válida. En la Asunción se nos invita al seguimiento de Jesús, en las condiciones de María. En la vida comprometida día a día con los que junto a nosotros viven. En la interpretación audaz y fecunda de «los signos de los tiempos» como indicadores que nos hacen descubrir la «voluntad de Dios». Dicho de otro modo: se nos invita a vivir nuestra fe en la sencillez de nuestra vida cotidiana. En el ir siguiendo al Señor tal como lo vamos conociendo. A tanteos. En un caminar que a veces se hace un credo diáfano y otras es oscuridad, incomprensión.

Esa fe de Nuestra Señora, esa búsqueda de Dios que se hace en medio de la gente, en la sucesión de los acontecimientos y que se expresa como servicio, entrega, amor que desea responder al Amor, es la que hoy es exaltada, elevada, puesta ante nuestros ojos para que la deseemos imitar y seguir. Y la razón es clara: nosotros somos hijos y hermanos de María. Y así, al celebrar la fiesta de este día, damos gracias a Dios que encumbró a María a los cielos, y pedimos que su gracia nos sostenga y anime para recorrer con fidelidad todo el camino hasta el final, un final feliz.

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