El ejemplo de Antígona
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
N o era Zeus quien imponía tales órdenes, ni es la Justicia, que tiene su trono con los dioses de allá abajo, la que ha dictado tales leyes a los hombres, ni creí que tus bandos habían de tener tanta fuerza que habías tú, mortal, de prevalecer por encima de las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Que no son de hoy ni son de ayer, sino que viven en todos los tiempos y nadie sabe cuándo aparecieron. No iba yo a incurrir en la ira de los dioses violando esas leyes por temor a los caprichos de hombre alguno.
El tirano Creonte ordena sepultar a Eteocles con todos los honores, mientras prohibe enterrar a Polinice, para que se convierta en pasto de las aves. Antígona desafía las órdenes del rey y es sorprendida cuando trata de enterrar a su hermano proscrito. Creonte la interpela airado: «¿Te atreviste a violar tales leyes?». Y Antígona responde con esas palabras admirables que han orientado la resistencia de tantos héroes ante las leyes injustas.
El aborto ya es legal en España. En la situación anterior seguía siendo un delito, aunque estuviera despenalizado en tres supuestos. Es verdad que esos supuestos eran tan ambiguos que podían justificar cualquier decisión de abortar. Como las leyes son educativas, nuestros alumnos escribían tranquilamente en los exámenes: «En España se puede abortar por tres motivos».
¡Qué difícil resultaba explicarles la diferencia entre la despenalización y la legalización. Ni siquiera ayudaba mucho acudir al paralelismo del adulterio. Una cosa es decir que el adulterio está despenalizado y otra muy diferente pretender que el adulterio esté legalizado.
La despenalización no otorga ni reconoce derechos. Contempla situaciones gravemente conflictivas en las que la responsabilidad de las personas puede haber quedado seriamente comprometida.
Reconoce que hay comportamientos que, sin ser deseables, no pueden ser considerados delictivos.
Pero la legalización reconoce derechos, Y los derechos reclaman inmediatamente los deberes de otras personas. Quienes pretendan abortar reclamarán sus derecho a llevar a cabo su decisión. Y exigirán que otras personas cumplan con el deber de colaborar a la realización de esos derechos.
En este caso se convierte en un derecho la decisión de dar la muerte a un inocente. Con ello el conflicto de conciencia está servido. Quien considere que no debe apoyar el aborto tendrá que abstenerse de hacerlo. Claro que tal decisión significa siempre una cierta denuncia contra la ley. Y la desobediencia a la ley puede ser penalizada.
Ahora bien, si se prohibe la objeción de conciencia, se proclama que la ley siempre es justa, lo cual es muy dudoso. Las leyes son necesarias, pero no siempre son justas. Para serlo tienen que «ajustarse» a los grandes valores éticos que son anteriores a las leyes. Esa es la justificación de la joven Antígona frente a la arrogancia del tirano.