Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

L a enseñanza del Señor para este domingo sólo puede ser comprendida si la colocamos en su contexto: Jesús se dirige hacia Jerusalén donde cargará con la cruz y, siendo crucificado, dará su vida por nosotros. «Si alguno quiere venir conmigo y no lleva su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío».

¿Qué es lo que nos pide el Señor? Que optemos responsablemente por Él y por su evangelio, haciendo nuestra su enseñanza, sus criterios, su ejemplo, en una entrega total y plena disponibilidad ante Dios, dando prioridad a los planes de Dios por encima de todo afecto humano. Si no optamos de manera personal por el Señor, nunca llegaremos a ser hombres y mujeres que manifiesten la presencia de Dios y el gozo de saber que con Él hemos sido salvados. Ser cristiano es aceptar, por la fe y con nuestra conducta, a Cristo Jesús como el único camino para llegar a Dios. La meta de todo cristiano debe ser revestirse de Cristo, tener los mismos sentimientos y actitudes en su vida manifestándolo en el comportamiento cotidiano.

Se trata, pues, de tener las preferencias puestas allí donde Jesús las tenía: el bien de todos los hombres, especialmente de todos los pobres, el amor, el amor real y no abstracto, el desprendimiento, la confianza absoluta en Dios. Jesús se pone irónico y explica los ejemplos de la torre y del rey que declara la guerra: querer ser cristiano sin estar dispuesto a todo esto es hacer el ridículo. Preguntémonos: ¿Ser cristianos nos comporta renuncias serias en la línea del Evangelio (como por ejemplo la que San Pablo le propone al cristiano Filemón en la segunda lectura), o seguimos tranquilamente los criterios de este mundo? Si no nos comporta renuncias, nuestro cristianismo es una pantomima (y, ante Jesús, estamos haciendo el ridículo más espantoso y corremos el peligro de quedar como un rey que ha perdido la guerra).

La fe no dispensa al creyente de los sufrimientos; también éste conoce, como cualquier otro hombre o mujer, el lado doloroso de la existencia. Tampoco la fe carga necesariamente al cristiano con un sufrimiento mayor que el del resto de los seres humanos.

Lo primero que escucha el creyente cuando se siente interpelado por Cristo a llevar la cruz tras él, no es una llamada a sufrir «más» que los demás, sino a sufrir en comunión con él, es decir, a «llevar la cruz» no de cualquier manera, sino «tras él», desde la misma actitud y con el mismo espíritu.

Quien vive así la cruz, unido a Cristo y desde una actitud de confianza total en Dios, aprende a vivir el sufrimiento de una manera más humana. Los sufrimientos siguen ahí con todo su realismo y crudeza, pero con la mirada puesta en Cristo crucificado, el creyente encuentra una fuerza nueva en medio de la inseguridad y la destrucción; descubre una luz incluso en los momentos en que todo parece absurdo y sin sentido; experimenta una protección última y misteriosa en medio del abandono de todos.

tracking