El paisanaje | antonio núñez
Tranvía minicipal

Fue caer cuatro gotas el otro lunes y el martes mermar el tranvía, lo que rápidamente aprovechó el alcalde Francisco Fernández para tirarse en marcha el miércoles, no fuera a ser que le lloviera un chaparrón en las próximas elecciones municipales y se le encogieran los votos. Él le echa la culpa al Partido Popular y a la Junta como si fueran la Virgen de Castrotierra o de la Encina, las únicas con jurisdicción sobre nubarrones, pero sólo para cosechas y pimientos. En todo lo demás son apolíticas, no como Pepiño Blanco, al que Fernández imploraba en sus rogativas ferroviarias ahora descarriladas.
Es lástima que el Ayuntamiento haya renunciado a que el tranvía se pasee por el centro de la ciudad y limite su trayecto a la universidad y los hospitales, cosa por lo demás lógica aunque a nadie del equipo de gobierno se le hubiera ocurrido antes: por una parte, la vía ya pasa por allí y, por otra, entre estudiantes repetidores y viejetes dolientes de la montaña malo sería que los trenillos no fueran a tope hasta el pescante. Quién pague luego las becas y las aspirinas es otra cuestión.
Y decíamos que es una lástima lo de las catas arqueológicas de la plaza de Santo Domingo porque servidor ya contaba con tener tema para escribir un año. Ahí es nada bloquear el tráfico en el centro León, cargarse de paso una fuente y desviar diez o doce líneas de autobuses como Iker Casillas despejando balones. Tal vez a los vecinos y comerciantes de la zona no, pero a mí el alcalde me ha jodido cincuenta artículos como éste o más y a ver quién me indemniza. En el primero, sin ir más lejos, pensaba ya proponer la contratación de mineros en huelga, en paro o prejubiletas: total iban a confluir todos lo mismo de manifestación en la plaza de Santo Domingo y no iba a resentirse más el tráfico, ni aún con las conocidas leyes de Murphy, según el cual todo lo que es susceptible de ir a peor empeora y, cuando se te cae al suelo la tostada del desayuno, lo hace siempre del lado de la mantequilla.
Al Ayuntamiento le sobran ahora -es un decir- casi cinco millones de euros del tranvía para enterrar en otras obras, aunque nadie sabe todavía cuales. «Tú no te preocupes y escribe», me dijo ayer mi mujer, «porque algo se les ocurrirá». «¿Qué te parece un teleférico?», añadió escurriendo simultáneamente fregona y sesera, «porque todavía pueden estropear por arriba lo que no les han dejado cavando por abajo». La idea no es mala y se cede gratis desde aquí al alcalde, por si cuela. Sólo tiene un inconveniente del que avisamos con la seriedad y honradez que caracteriza a esta página: si en Santo Domingo las catas arqueolóticas tienen que hacerse por el aire hacia arriba, en vez de en el suelo, es muy probables que, si no con restos romanos o medievales, topen con la Legión Cóndor y no sé qué será peor. En fin, otro bonito artículo que bien podría titularse «Aterriza como puedas».
La conclusión de esta majadería es que el alcalde y los suyos han tenido que escurrirse con el rabo y la catenaria entre las piernas, aunque habría sido peor que hubiéramos tenido que hacerlo los contribuyentes. Semejande sandez para complicar aún más el tráfico y, ya total, complicar los números rojos municipales era difícil de mejorar, si no es con el susodicho teleférico (pongamos que para subir a Puente Castro, que también tiene sus catas arqueológicas como su propio nombre indica).
Siguiendo con los chistes baturricos de la otra semana -chufla, chufla, que como no te apartes tú- nos limitamos a recomendarle al regidor Paco que no vuelva a meterse en camisa de once varas y en el futuro haga como aquel otro maño a cuyo hijo le habían traído los Reyes Magos un tren de juguete y él se empeñó en pisotearlo entre los llantos de la tierna criatura. «¿Que qué hago?», dijo el padre acordándose de la burra y del otro tren que no se apartó después de que le avisara chuflando. «A estos hay que matarlos desde pequeños».
Pues eso, maño.
No vuelvas a prometer más tranvías en campaña electoral.