Ser cristiano y riquezas (II)
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
La temática de este domingo continúa, en cierta manera, la del domingo pasado: el buen o mal uso de los bienes materiales en la perspectiva del seguimiento de Jesús y del Evangelio. La existencia del rico y del pobre, aunque es real y haya existido siempre, no es aceptable. Dios no creó a los hombres desiguales. Fue la ambición humana quien ha creado la desigualdad insultante que padecemos. Este pasaje evangélico nos presenta bien claro el contraste: uno no tiene nada porque el otro lo tiene todo. Y no vale decir que el rico ha tenido sagacidad, inteligencia, suerte o fortuna, porque todas esas cosas hay que vivirlas en solidaridad con los demás.
Los ricos, para san Lucas, son hombres que viven de espaldas a Dios, porque han vuelto la espalda al prójimo. Han caído en la esclavitud. Han cambiado todos los planes de Dios sobre la convivencia humana; planes de amor y de fraternidad, sin importarles que se hundan los pueblos y que agonicen los pobres. Viven tan despreocupados que no se dan cuenta -ni quieren dársela- de que son ellos la causa de muchos males de la humanidad. Los ricos existen porque pisotean los derechos humanos. Es mucho más grave robar en los negocios que para comer, aunque sean estos últimos los que vayan a la cárcel. Pero ¿qué tendrán los guantes blancos y el dinero para hacer creer en tantas ocasiones que la injusticia y el robo son iguales a la honradez y a la ley? Injusticias que engendran delincuencia, marginación, hambre, paro, opresión... Alguien decía hace poco: «¡Pobre sociedad a la que no le caben en las cárceles los delincuentes que ella misma fabrica! ».
El pecado del rico no consiste en ser rico, sino en que tiene a su hermano por demás. Lo mira, pero prescinde de él. Indiferencia frente a las personas es lo más parecido que existe a « lejanía de Dios ». Frialdad para con las personas puede ser signo de vaciedad o muerte interna: así es el sepulcro blanqueado. Esta parábola tan simple y rudimentaria nos sitúa en la cruda realidad: el amor al prójimo debe concretarse aquí y ahora. Como recuerda la Carta de Santiago, también los demonios creen en Dios y eso no cambia para nada su situación. De ahí que si la fe cristiana no nos lleva a eliminar toda acepción de personas y toda distinción de clases sociales, y si no nos induce a una fe con obras concretas en favor del desnudo y del hambriento, esa fe es absolutamente vacía. Si Epulón hubiera sentado a Lázaro en su mesa, no hubiera «perdido». Habría « ganado »: se habría purificado de sus pecados y habría ido « al seno de Abrahán ». Solía decir Bossuet que « los pobres son los ciudadanos natos en el Reino, mientras que los ricos adquieren esa ciudadanía en la proporción en que hayan servido a los pobres ».