Diario de León
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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

Concesio es un pueblo que se encuentra a las afueras de la ciudad de Brescia. Es famoso porque en él nació y fue bautizado Juan Bautista Montini, que con el tiempo llegaría a ser Papa con el nombre de Pablo VI.

En la semana pasada se ha celebrado allí un congreso internacional que ha estudiado el tema de la «civilización del amor», tan querido a aquel Papa, dedicado en cuerpo y alma a la construcción de la comunidad humana.

Apenas elegido como obispo de Roma, Pablo VI dirigía a la entera familia humana un mensaje en el que decía: «El orden inequívoco del amor al prójimo, piedra de toque del amor a Dios exige de todos los hombres una solución más justa de los problemas sociales; requiere medidas y atenciones con relación a los países en vías de desarrollo en los que el nivel de vida con frecuencia no es digno de personas humanas; impone un estudio decidido a escala universal para la mejora de las condiciones de vida. La nueva época, que las conquistas espaciales han abierto a la humanidad, será especialmente bendecida por Dios si los hombres saben reconocerse de verdad como hermanos, antes que competidores, y edificar el orden del mundo sobre el santo temor de Dios, en el respeto a su Ley, y a la suave luz de la caridad y de la colaboración mutua».

Dos años más tarde, el día 5 de octubre de 1965, Pablo VI llegaba a la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York. En aquel discurso conmovedor tan sólo solicitaba permiso para servir a todos los representantes de las naciones con desinterés, humildad y amor. Ante aquella asamblea se hacía eco de «la voz de los pobres, de los desheredados, de los desventurados, de quienes aspiran a la justicia, a la dignidad de vivir, a la libertad, al bienestar y al progreso».

Bien sabía el Papa que la Organización de las Naciones Unidas había nacido para asociar a los Estados, es decir para reunir los unos con los otros. Por eso les pedía que nunca se colocaran los unos contra los otros y los exhortaba a trabajar los unos para los otros. Por eso pedía a todos los pueblos que abandonaran las armas y defendieran la vida del hombre y la dignidad de la persona.

Se cumplen ahora cuarenta y cinco años de aquel discurso memorable. Cabe preguntarse si la humanidad conserva algún recuerdo de aquella primera visita de un Papa a las Naciones Unidas. En su humildad, Pablo VI representaba a una Iglesia que se sabía «maestra en humanidad». No iba a aquella sede con la fuerza de los grandes de la tierra sino con la sencilla y ardiente palabra del amor y de la paz.

Nadie sospechaba por entonces que iban a cesar las amenazas de la llamada guerra fría. Pero nadie esperaba que continuaran las guerras, los conflictos y los atentados que han seguido sembrando de sangre y de muerte los escenarios del mundo.

La voz de Pablo VI tiene que seguir resonando en nuestros oídos como una apremiante invitación a pensar, diseñar y apoyar la civilización del amor.

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