El paisanaje | antonio núñez
Compañero, aquí hay tomate
Nunca se había visto una huelga general de modales tan finos y versallescos entre Gobierno y sindicatos. Ya antes de empezarla el ugetista Méndez, que nos toma a todos por cándidos, avisó algo así como que la culpa no era de Zapatero sino de la Merkel, Sarkozy, la banca, Botín y los mercados internacionales de prestamistas, que lo tienen abducido. Con Obama y los chinos no se atrevió. Respondiole el presidente paisano que ir a la huelga es un derecho exquisitamente democrático, «faltaría más». Luego ambos empezaron a sacudir leches a la patronal y, como es natural, al PP, que no pintaban nada en este entierro. Por su parte Toxo, el de los cruceros bálticos de CC.OO., pidió el voto para IU sin descartar otra vez a Zapatero y también sin darse cuenta de que las últimas encuestas sobre intención de voto conceden el triple de escaños a Belén Esteban que a Gaspar Llamazares. Luego los piquetes le zurraron de lo lindo a la ciudadanía.
En fin, a los biempensantes esta huelga general nos recuerda el chiste aquel del dentista y su paciente, cuando, al enarbolar el primero las tenazas de sacamuelas, el otro lo agarró por la bragueta y le advirtió: «¿Verdad, doctor, que no vamos a hacernos daño?». Los hay también malpensados para los que todo ha sido una farsa con guión previo a medias y que se ha escenificado sin salirse ni una línea de los dictados del apuntador, el cual tiene una concha que no vea usted. A ver si nos explicamos, dos puntos, los sindicatos necesitaban aparentar que sirven para algo y a Zapatero le urgía presentarse en Europa como un héroe de la austeridad aunque le tiraran a bala. Cualquier día de estos irá a Bruselas con casco y jurará que iban a por él.
Ni siquiera ha hecho la mili y el único casco que precisa es el del despilfarro para las obras del tranvía de su pueblo o las del extraterrestre palacio de congresos de la viejina azucarera Santa Elvira, cuyos venerables muros se mantienen en pie y para nada, apuntalados por cuantiosas subvenciones, con grave riesgo de impuestos para la renta per cápita del vecindario. Y se dice que hubo tongo en la huelga del otro miércoles porque comparadas con las anteriores, que echaban chispas, Gobierno y sindicatos siguen hoy dándose el pico como si tal cosa. Hay datos históricos sin vuelta de hoja. Cuando un 14 de diciembre de 1988 la UGT de Nicolás Redondo (padre) le plantó cara a Felipe González por los primeros contratos basura para jóvenes no se movió ni una mosca sin necesidad de piquetes. De aquella había ocho o diez senadores ugetistas dormitando en Madrid y Nicolás los puso firmes dándoles a elegir: o el sillón o el sindicato. Dimitieron más o menos la mitad. El leonés Fermín Carnero a medias, porque puso a disposición el cargo pero agotó la legislatura. Más tarde caería el propio Redondo -”al que González no perdonó nunca aquella «gran putada», como se dice ahora en el argot piquetero-” negándole fondos públicos para salvar una cooperativa sindical de viviendas en números rojos, que habían quebrado otros golfos, por supuesto socialistas, no él. La memoria y las hemerotecas están para algo. Me apostaría un euro a que ahora Zapatero no les quita a Méndez y Toxo las multimillonarias subvenciones de las que vive la burocracia de ambos sindicatos, porque sólo con las cuotas de los afiliados van dados por donde se empieza a hacer los cestos, usted ya me entiende.
Para serios los mineros, que también el miércoles pararon a una exigua columna de huelguistas que querían hacerse la foto con ellos en la manifa. La gente que esperaba en San Marcos a los de la mina se contaba por miles y los de la huelga, no tan general, por unas pocas docenas mal contadas y estiradas. Dicen los papeles que hubo momentos de tensión con los de la Marcha Negra y añado yo que fue una pena: un poco más y hubieran llovido bofetadas.
Y, si le hubiera caído alguna al alcalde Paco Fernández (PSOE) o a la presidenta de la Diputación, Isabel Carrasco (PP), que salieron a recibirles, tampoco habría pasado nada del otro mundo.