A la última | Antonio Papell
El chantaje perpetuo
A la última | antonio papell
La frase es de Artur Mas y resume a la perfección el mensaje principal de la campaña electoral de CiU: desoír de nuevo una petición de Cataluña, esta vez para suscribir un pacto fiscal que la dote de un sistema de financiación equiparable al concierto económico del que disponen el País Vasco y Navarra, daría alas al independentismo.
El planteamiento es claro y directo: o reformamos la Constitución -"en cuya génesis participó muy significativamente el nacionalismo catalán-" para atender las exigencias convergentes, o la coalición que representa a la burguesía catalanista, de natural moderada y juiciosa, se echará al monte y reclamará la independencia. Chantaje se llama la figura. Lo grave del caso es que, como se sabe, el nacionalismo es voraz por su propia naturaleza (si se considerara saciado, no tendría razón de existir), por lo que no hay ninguna garantía, sino al contrario, de que, una vez satisfecha su avidez de autodeterminación fiscal, no reclame otras cosas, también bajo la amenaza de romper la baraja.
El proceso de reforma estatutaria, que pretendió orillar absurdamente las reglas de juego y que fue finalmente embridado por el Tribunal Constitucional, dio alas sin duda a este desafuero que consiste en exhibir supuestos agravios territoriales para reducir resistencias y conseguir ventajas extraconstitucionales. Es obvio que el marco institucional democrático de un país es revisable, y más en aquellos Estados en que hay fuerzas centrífugas periféricas que mantienen una permanente tensión descentralizadora. Sin embargo, no es de recibo que se esgrima constantemente el fantasma de la secesión como medio para ir arrancando concesiones.
Entre otras razones, porque todos sabemos que la ciudadanía de Cataluña no apoyaría la independencia en referéndum, y menos aún otorgaría esa mayoría cualificada, superior al 50%, que el propio Mas ha considerado necesaria para fundamentar una decisión tan radical. Felipe González, en reciente viaje a Cataluña, ha recomendado a los ciudadanos hablar menos de nación y más del «resurgir económico catalán». Es un buen consejo porque, visto el panorama desde fuera con cierta perspectiva, arrecia la impresión de que Cataluña, embriagada por los efluvios del nacionalismo identitario, ha olvidado la necesidad de autogobernarse con inteligencia e imaginación.