CORNADA DE LOBO
Pecado con precio
E contré a un viejo compañero de los frailes. Ahora es promotor de viviendas, mira tú. El colegio, como la mili, siempre da que hablar. Inevitablemente, salió el tema que atribula a la Iglesia, los crecientes casos de curas pederastas. Mi viejo condiscípulo sigue siendo muy religioso y le apena que el Papa haya de redoblarse pidiendo perdón a cada paso. ¿Lo hará aquí ahora? El caso belga es un espanto: 475 casos confesos (y ninguno mártir, salvo trece guajes suicidados). Ya no son casos aislados. Víctimas de lo sucedido hace treinta o cincuenta años hablan allí de al menos 800 casos de religiosos que abusaron de niños y niñas (uno tenía sólo dos años). Demasiado metemano y violador. Por mucho menos se declara epidemia una infección descontrolada, que lo parece en el clero de esas décadas y en aquellos colegios de capón, cilicio, sabañón, dormitorio corrido y pánico al Infierno.
Después de una guerra con su rastro de hambre y miseria moral, el seminario fue para muchos un refugio, la única opción de estudiar o asegurar el plato. Crecieron de forma prodigiosa las ¿vocaciones? en España o en la asolada Europa. Al sacerdocio llegaron fácilmente entonces tipos que predicarían una cosa en el púlpito, otra distinta en la sacristía y otra totalmente opuesta en su vida privada. Pero escandaliza extraordinariamente que el delito perdurara, se silenciara y que gozara el abusador de impunidad total, de sus cargos e incluso ascensos. A obispos llegaron unos cuantos. El de Brujas no respetó ni a su sobrino.
Víctimas belgas tramitan ahora judicialmente la reparación del daño. La Iglesia belga se palpó la cartera y comunicó oficialmente hace días alguna compensación, pero los obispos norteamericanos llegaron a pagar tres mil millones de dólares por cositas así. Mucho dinero. ¿De dónde sale? ¿Cuánto le pedirán a la iglesia belga? ¿Tendrá ese dineral? Sí; y patrimonio, monumentos, arte. Lo que sorprende, le dije, es haber llegado a esas fortunas y panes de oro desde el Evangelio de los Pobres que, además, ya ves, conmina al abusador de niños, a atarse una rueda de molino al pescuezo y arrojarse por un acantilado al mar. A muerte.