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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

El nuevo año litúrgico, que comienza con el Adviento, reclama nuestra atención y nuestra ilusión. El mensaje central es que Dios ama a nuestro mundo y envía a su Hijo. Éste, con su vida, muerte y resurrección, ha iniciado el mundo nuevo, la vida del hombre en Dios. Así ha realizado las promesas divinas y las esperanzas humanas, de una manera sorprendente, inesperada y hasta escandalosa.

Si miramos al mundo y a los hombres veremos luces y sombras. Parece que un aspecto muy típico de este tiempo es el desencanto. Estamos de vuelta de muchas grandes ilusiones y tenemos miedo al futuro, incierto, con frecuencia amenazador. Parece como si no hubiera más razones para la esperanza. Esta vivencia responde a la realidad, pero ¿por qué la decepción? Estamos decepcionados... de los hombres. Somos capaces de hacer grandes obras, pero podemos cometer también inhumanidades terribles. La fe cristiana, en cambio, habla de Dios, que es la Plenitud de la Vida, ama al mundo y viene a nosotros. En cada hombre y en cada corazón, nos viene en su Palabra.

La Palabra de Dios no se contrapone al hombre, ni acalla sus deseos auténticos, sino que más bien los ilumina, purificándolos y perfeccionándolos. Qué importante es descubrir en la actualidad que sólo Dios responde a la sed que hay en el corazón de todo ser humano. En nuestra época se ha difundido lamentablemente, sobre todo en Occidente, la idea de que Dios es extraño a la vida y a los problemas del hombre y, más aún, de que su presencia puede ser incluso una amenaza para su autonomía. En realidad, todos los planes de salvación nos muestran que Dios habla e interviene en la historia en favor del hombre y de su liberación integral. Por tanto, es decisivo desde el punto de vista pastoral mostrar la capacidad que tiene la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre ha de afrontar en la vida cotidiana. Jesús se presenta precisamente como Aquel que ha venido para que tengamos vida en abundancia. La Palabra divina nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar con Él.

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Vigilar es escuchar la Palabra, leer en profundidad los acontecimientos, penetrar en el misterio de la persona y de la historia, captar la presencia del Espíritu. Vigilar es creer, es comprometerse, es, sobre todo y siempre, esperar. Al final la Palabra del Señor permanecerá como luz segura, para instruir los caminos de los hombres. Y será como una hoguera, para calentar los corazones humanos. Y será un libro vivo, para saciar las mentes y los corazones. Esta palabra se encontrará en las comunidades esparcidas por todo el mundo, montes de esperanza, luceras en medio de nuestro mundo.