Diario de León
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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

El mensaje de Benedicto XVI para la jornada de la paz de este año 2011 subraya el valor de la libertad religiosa. En él se afirma que tanto el fundamentalismo como la hostilidad contra los creyentes promovida por el laicismo excluyente rechazan el legítimo pluralismo y el principio de laicidad. «En efecto, ambos absolutizan una visión reductiva y parcial de la persona humana, favoreciendo, en el primer caso, formas de integrismo religioso y, en el segundo, de racionalismo». Ambas posturas se parecen más de lo que se sospecha.

En muchos países los poderes públicos promulgan leyes y reglamentos que de una forma o de otra impiden la libertad religiosa. Según el mensaje papal, «la sociedad que quiere imponer o, al contrario, negar la religión con la violencia, es injusta con la persona y con Dios, pero también consigo misma».

En el mundo occidental, la imposición de una religión sería totalmente impensable. Pero no es infrecuente lo contrario. Los poderes políticos tratan con frecuencia de ignorar la dimensión religiosa de los ciudadanos. Es más, en algunos lugares discrimina abiertamente a los creyentes o se consiente su marginación. En este momento es escandalosa la indiferencia con la que el mundo desarrollado asiste a la discriminación y aun a la persecución de las personas religiosas.

En algunos países el poder público coarta la libertad de conciencia, de pensamiento y de religión, como si fueran sus rivales. Recordando a Cicerón, afirma el Papa que «la justicia consiste en algo más que un mero acto productor de la ley y su aplicación. Implica el reconocimiento de la dignidad de cada uno, la cual resulta mutilada y vejada cuando no se garantiza la libertad religiosa.

El legítimo laicismo de las instituciones estatales no queda disminuido por el reconocimiento de la dimensión pública de la religión. Seguramente los prejuicios disminuirán cuando se establece un sano diálogo entre las instituciones civiles y las religiosas tan beneficioso para el desarrollo integral de la persona humana como para la armonía de la sociedad.

Vivimos hoy en un mundo globalizado, caracterizado por sociedades cada vez más multiétnicas y multiconfesionales. Es preciso superar el odio y el prejuicio entre las personas y entre los grupos sociales. Los países occidentales reniegan a veces de la historia y de los símbolos religiosos, que reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos. Olvidan que las grandes religiones pueden constituir un importante factor de unidad y de paz y promover la convivencia civil.

Los cristianos se saben llamados a ser ciudadanos responsables y a colaborar en la edificación de un mundo basado en la paz y la justicia. Aun amando lo que les es propio, están abiertos al diálogo y la búsqueda común de la verdad. Han aprendido de Santo Tomas que «toda verdad, independientemente de quien la diga, viene del Espíritu Santo».

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