CORNADA DE LOBO
La pinza
Mi profeta del barrio dice que lo vio muy claro: «Nos espera el doloroso pellizco de unos alicates; antes de treinta años estaremos presos en la pinza hecha por el poder amarillo y el poder moreno, el gigante asiático y la musulmanía, el dinero chino y el petrodólar. Esas gentes de economía emergente y mastodóntica han empezado a arrollarnos y a reirse de este Occidente que fue por todo el mundo repartiendo recetas de progreso y democracia que sólo han sido negocio, pelotazo y cacique mantenido y sobornado. Sólo esperan pillar la sartén por el mango, la tortilla dará la vuelta y nos darán un sartenazo. Entonces, no soportaremos el peso de la vergüenza ni el roer de la tristeza.»
Mi profeta está tenso últimamente, nervioso. Ya no es capaz de ver claros entre las nubes. Dice que las noticias le derrotan la alegría y que sus visiones le asoman al abismo. Hala. Yo le digo que apague la tele un rato y que mire el ficus del rincón hasta que logre ver crecer las hojas, pero me replica airado, me insulta y me advierte de las calamidades que nos acarreará nuestra ceguera y nuestras risas. No bromees, rapaz, sentencia inquietante el tío.
Tengo que llevarle un día a Sócrates para que se conozcan... y se crujan.
Valdueza piensa justo lo contrario. Esa pinza es miedo al cuerpo que nos quieren meter para subir los precios de lo que les apetezca. Porque ni el gigante asiático hará piña entre sí, ni las naciones musulmanas podrán ponerse de acuerdo en lo fundamental. Le vale un ejemplo: a quien más odia un chino es a un japonés o a un coreano y a quien primero mata un fundamentalista chií es a un hermano sunní. Todos ellos también tienen la guerra en casa. El odio, por una parte, y la corrupción, por todas, se encargarán de que no haya unión de gigantes.
Transmití tal opinión a nuestro profeta en el jardín de los Árboles Desnudos... y se indignó. ¡¿Que no hay que tener miedo?!... ¡insensatos!... Desde su triclinio en Roma, patricios y senadores estaban tranquilos y confiados en sus legiones, pero los bárbaros cruzaron todas las fronteras y se cagaron en sus dioses, leyes y palacios logrando que la historia adelgazara de razón y perdiera unos cuantos siglos.