Cada día su afán
Educacion de la sexualidad
Resulta alarmante la nueva agenda de las Naciones Unidas para la educación sexual de los jóvenes. Al reconocer nuevos «derechos a su sexualidad», parece apartarlos de la responsabilidad familiar.
En nuestra cultura, se separa el valor de la sexualidad de otros valores como el del amor o el de la fecundidad.
Una cultura del individualismo y de la privacidad considera las expresiones de la sexualidad como un asunto particular o, al máximo, compartido de forma dual por otra persona, como si no tuviera repercusiones sociales.
Una cultura del consumo ha convertido las experiencias sexuales en fenómenos pasajeros, y valora más la variedad que la fidelidad a un compromiso.
Una cultura que considera el amor como un simple sentimiento, coloca la sexualidad en el panorama indefinido de las apetencias ocasionales.
Una cultura que valora la sexualidad en sí misma, ignorando su significado existencial, se encuentra horrorizada con el abuso de menores, la paternidad y maternidad adolescente, o la promoción de las uniones homosexuales.
Ante ese panorama, la familia está llamada a educar a las nuevas generaciones en una intimidad que sea a la vez única y oblativa, fecunda y comprometida. A ella corresponde transmitir un conjunto de valores que contribuyan a la formación de la persona, en medio de un mundo que trivializa y empobrece la sexualidad humana.
La educación sexual constituye una parte importante de la educación progresiva en el descubrimiento y para el ejercicio responsable del amor. Esa educación debe ser integral y oportuna de modo que lleve a descubrir la grandeza del amor humano.
Es en la familia donde la sexualidad se ve vinculada al compromiso afectivo y social. Esa vinculación del amor y de la vida se convierte en pauta normativa para la educación de los diversos miembros de la familia.
En el seno de la familia, la sexualidad es vivida, percibida y testimoniada con la serenidad de las vivencias más ricas y habituales. Es en ese lugar, donde se inicia el camino que ha de conducir hacia la madurez de la persona.
Como lenguaje del amor único, oblativo, definitivo, fecundo y público, la sexualidad constituye el entramado fundamental del matrimonio y de la familia y un valor prioritario que en ella encuentra los primeros maestros y los primeros testimonios y modelos.
Como ya indicaba Pablo VI en su encíclica «Humanae vitae» (HV 22), la formación en el aprecio de los valores de la corporeidad y el placer, así como la educación del sentimiento y del amor subrayan para los padres «la necesidad de crear un clima favorable a la educación de la castidad, es decir, al triunfo de la libertad sobre el libertinaje, mediante el respeto del orden moral». Ninguna otra instancia social o política puede pretender arrebatar a la familia ese derecho y deber, que están enraizados en su misma naturaleza.