Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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En Cuesta Miranda, Argentina riojana, un 25 de febrero y por una carretera de cornisa en ladera de montaña, iban en su coche un matrimonio con su hija y el novio de esta, tan pichis y seguramente alegres de ir a donde iban... o iban simplemente a lo suyo; pero de repente, el horror se les viene encima en una gran roca de más de tres metros y diez mil kilos de peso que les mata en el acto, les espachurra... terrible, una tragedia más de la cruel fatalidad, otra dramática casualidad, una entre un millón de rocas que cayeran por allí al pasar.

La tontería que se dice en estos casos es que si hubiera ido un sólo segundo más aprisa, la muerte se hubiera llevado un chasco. Sólo un segundo. Ya.

La lluvia ablanda el engarce de las rocas flojas, eso fue lo de Cuesta Miranda, pasó siempre, y una mole se desprendió, algo conocido y temido por los que viven a pie de peña: la montaña se ha pasado la vida sacudiéndose pulgas, y costras; sólo hay que ver los canchales que enfaldan nuestras peñas, piedra suelta, peligrosa, la misma que también escacha el casco de un alpinista cuando le precede un tuercebotas en la cordada... ¡piedra va!

Confieso a menudo el pánico que he de disimular si voy por caminos o carreteras donde aparecen rocas estrapalladas, leñazo caído de las cumbres. Se ven mucho por Sajambre o Valdeón, en sus desfiladeros y gargantas. Las quitan, pero cada vez que pasas siempre hay alguna. Por si no estuviera clara esta rifa mortal, las señales te lo recordarán cada tres pasos: peligro, desprendimientos... ya... ¿y qué haces?...

La probabilidad de que un peñasco te caiga justo encima, a esa hora precisamente y en ese lugar exacto, es ínfima y no justifica mi pánico, pero menos probabilidades tiene la lotería y siempre les toca a unos cuantos.

No dejaré, sin embargo, de gozar del vértigo de Los Beyos ni del atraganto vertical del Cares en cada ocasión a mano. El temor de ruleta rusa se disipa en tres segundos ante aquella grandiosidad. Aquí somos sólo una hormiguita y no habrá puntería de los cielos ni ejército de Pelayo que puedan atinarte a la primera desde allá arriba. Que te alcance la segunda pedrada sólo dependerá de tí si no te resguardas.

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