CORNADA DE LOBO
Están muertos
Cuando una guerra concluye en el campo de batalla, pasa a vivir y latir en cada cocina, en cada casa, donde regularmente se avivarán sus brasas resacando fotos, libros, cartas, recuerdos... o medallas que se limpian con sidol de su mala conciencia para reafirmarse a continuación en que fue una guerra justa... y que no terminó del todo... ¡el alcázar no se rinde!
La Real Academia de la Historia ha alborotado el charco nacional con el eco franquista que late o vocea en su Diccionario Biográfico: veinticinco volúmenes, tres mil euros cuesta, ¿quién lo comprará?... y, sobre todo, ¿quién lo leerá?... ni siquiera todos los citados, pero gracias al escándalo ya nos hemos enterado de los mil millones de pelas que costó y de los gazapos intencionados que encontraron aquí su madriguera (y a chingar se han puesto como conejos que son): Franco no fue un dictador, dicen, ni un totalitario... era sólo «autoritario», vaya, sólo un mandón...
Y se ha armado una buena.
De vez en cuando nos encanta armarnos y poner gatillo a las palabras. Arde la polémica estos días en los medios. Resacan unos la figura absuelta del generalísimo y otros la abaten fácilmente porque no deja de ser una estatua con pies de adobe hecho de barro y sangre.
Y parecería revivir el trincherismo si no fuera que a la inmensa mayoría se la suda este debate, el matiz o la espoleta retardada. Los jóvenes ignoran la figura de Franco; es un muerto más; no interesa ni a los hijos del franquista; olvidan o ignoran; no le conocieron o sufrieron; es la odiosa matraca de sus viejos; lo decía Marx: « La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos »; pero la pesadilla de nuestros jóvenes es bien otra, a pesar de las insistidas batallitas de su casa; Franco no les vale ni como modelo ni como cita; el fascismo moral les proporciona hoy otros atractivos líderes que apalean emigrantes, negocian turbio, cantan la palinodia, se enriquecen o famosean.
El olvido es la muerte definitiva. A Franco le está pasando, se muere, pero hay todavía demasiado empeño en que eso no suceda... y se le desentierra regularmente abriendo las compuertas de la tinta y las puertas del viejo alcázar... o de la Real Academia de la Historia.