El pan de la fraternidad
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
J esús, con una multitud de gente que le sigue porque espera cosas de él, hace un gesto que es una afirmación de su condición de enviado de Dios: por él, por medio de su persona, se hace realidad el anuncio de vida abundante y para todos, lo que era, al fin y al cabo, la gran promesa de Dios a su pueblo. Es decir, el Reino de Dios llega, y será verdad que todos los hombres podrán verse liberados de sus limitaciones y podrán vivir en plenitud; a nadie le faltará el pan, a nadie le faltará de lo necesario para poderse sentir lleno de la dignidad de hombre amado por Dios.
El evangelio de este domingo, no obstante, tiene un segundo paso, otro nivel de lectura. En la multiplicación de los panes Jesús quiere hacer un signo de todo lo que él viene a ofrecer, a anunciar, a proponer. Un signo del Reino de Dios: la creación de la fraternidad humana. Al sentarse a comer con hambrientos, al compartir con ellos el pan y los peces, les dio todo lo que necesitaban y todo lo que él era en persona para los hombres. Los amó hasta el extremo, hasta el colmo, y los puso en relación con el Padre que lo había enviado. Les enseñó a vivir en comunión, en fraternidad. Les enseñó a compartirlo todo como señal de que todos son, por él y en él, los hijos amados de Dios. El milagro está en el reparto: Los hombres no necesitan que Jesús o la Iglesia les multiplique los panes y los peces. Pero sí necesitan, con urgencia, que la Iglesia y los cristianos anuncien y vivan el evangelio. El problema del hambre física y de las otras hambres sólo se resolverá satisfactoriamente cuando los hombres aprendamos a compartirlo todo. Porque el milagro está en el reparto, en la solidaridad, en el amor entrañable. Sin esa solidaridad, sin esa fraternidad, sin esa comunicación de bienes y sin esa comunión en el amor, no es posible la vida y la abundancia de la vida. Sin el amor a todos los hombres, sin el amor y los sentimientos de Cristo, la eucaristía que celebramos en su memoria no tiene sentido. No puede satisfacernos, y es una burla a los hambrientos de este mundo.
Tener una especial sensibilidad para captar la necesidad de los que nos rodean debía ser uno de los mejores distintivos del cristiano. Estar allí donde el débil sufre. Estar allí, para ayudarle: donde el anciano llama, para acompañarle; donde el niño grita, para socorrerle; donde el hambre aprieta, para remediarlo. Estar allí donde el hombre se ensoberbece, para indicarle, con toda suavidad, que en el nuevo plan de la fraternidad querida por Dios el mayor tiene que ser el menor y viceversa; donde el hombre mata, para explicarle que para Cristo el gran don es la vida; donde el hombre odia, para arrancarle esa serpiente que todo lo envenena y cambiarla por el amor que todo lo aguanta, todo lo supera y todo lo disculpa. Estar allí donde el hombre goza, para darle un sentido más profundo a su alegría; donde el hombre espera, para hablarle de un horizonte sin límites para su anhelo. En una palabra: estar con el ser humano, vivir con el ser humano, trabajar con y por el ser humano, porque un Dios se hizo hombre y plantó su tienda entre nosotros.