Valores y antivalores de la globalización
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
En nuestros días, la globalización se ha convertido en un hecho, en un ideal y también en un riesgo.
En primer lugar, es un hecho. A partir de la caída del muro de Berlín se ha impuesto en todo el mundo el esquema económico de la competencia libre, que pretende basarse en el juego de la oferta y la demanda que rige los mercados.
Es también un ideal. Se piensa que una economía de libre mercado ha de ayudar a elevar los niveles de producción, desarrollo y distribución de los bienes y servicios. La globalización se percibe como el escenario para la realización de la libertad de autonomía.
Y es, además, un riesgo. La globalización podría favorecer una sociedad del bienestar y la justicia, Pero incluye con frecuencia la falta de equidad en el reparto de los recursos mundiales. Hasta los países desarrollados esconden dramáticas bolsas de pobreza.
Sin embargo, es preciso reconocer que la globalización puede considerarse en principio como un fenómeno ambiguo y polivalente.
En su exhortación Iglesia en América (1999) el Papa Juan Pablo II afirmaba que si la globalización se rige por las meras leyes del mercado, aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas.
La primera de ellas sería la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos.
La segunda sería la destrucción del ambiente y de la naturaleza.
Y la tercera, sería el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más acentuada.
Con mucha frecuencia subrayamos las numerosas suspicacias que por todas partes surgen contra el fenómeno de la globalización. Sin embargo, según el mismo Papa, desde el punto de vista ético, la globalización puede tener una valoración también positiva
Una primera consecuencia positiva sería el fomento de la eficiencia y el incremento de la producción.
Como segunda aportación positiva se cita el desarrollo de las relaciones entre los diversos países en lo económico, que puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos
Y la tercera consecuencia positiva sería la posibilidad de realizar mejor el servicio a la familia humana.
Una enumeración de las esperanzas humanas y sociales que alimenta la globalización, así como de los grandes interrogantes que origina se encuentra en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (n. 362).
La impresión que queda flotando en el ánimo de las gentes y aun en los informes de las agencias internacionales es que la «globalización» de la economía ha aumentado notablemente las diferencias entre ricos y pobres. De hecho, ha dejado a poblaciones enteras al margen de las ventajas que conlleva el espectacular aumento de bienes y de servicios ofrecido por las nuevas tecnologías.