Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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Es un melón que ya es hora de ir abriendo (la Diputación), aunque también puede ser sandía (y entonces, ay, ¡viva mi tía!).

Las diputaciones están en el candelabro porque Rubalcaba sostiene ahora que deberían desaparecer. La escandalera estaba anunciada, pero no puede ser más cabal la cosa. Que se lo pregunten a los catalanes que se las cargaron desde un principio vaciándolas de contenidos y conservándolas el nombre con dos o tres competencias de chichimoni o relumbre. Y bien que les luce la medida. Así conocí la diputación de Barcelona en 1986, exenta de ya de caminos, canales y nabos y centrada exclusivamente en asuntos culturales o producciones. Habían organizado allí una cumbre europea de grandes centros culturales y ahí me ofrecí algo insolente porque estaba dirigiendo entonces «Pallarés», aquella alternativa demostrada y abortada. Me aceptaron encantadísimos y, así, tuve el privilegio de estar tres días de conferencias y turras tratando con Vidal Beneyto (el conductor) y los directores del Pompidou, la Bienale, la Gulbenkian, La Rochelle o del Barbican de Londres (a este le pregunté cuánto presupuesto tenía y me dijo que cinco mil millones ¡de libras!; ¿y tú?... también cinco, le dije, sin mil, sólo cinco, ¡pero de pesetas!... le dieron ganas de mandarme una exposición y un equipo gratis).

Aquella diputación catalana rulaba bien: editaba mucho, tenían centros de experimentación y diseño (se hacían hasta las sillas de sus auditorios, discurrían para casa) y se encargaban un poco de ser en el exterior la seña de prestigio del territorio que representaban... ¡estos catalanes!...

Me admiró el invento y a la vuelta prediqué y publiqué esa alternativa para las diputaciones. Me llamaron disparates, incluído el socialismo cazurro que ahora, perdidos veinticinco años, se colgará de ese objetivo electoral que abandera Rubalcaba: A la diputación y al pichón, ¡perdigón!.

Diputar está bien, pero sobran diputados (Berlusconi segó un montón), aunque reputar es más urgente, pues se perdió la reputación. Rubalcaba lo ve fácil porque no saldrá; sabe que tiene la desgracia del támpax: estar en el mejor sitio, pero en el peor momento.

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