Diario de León
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ANTONIO NÚÑEZ
León

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Patético. El presidente paisano Zapatero en sus postrimerías quiere desenterrar el cadáver de Franco y trasladarlo a no se sabe dónde. Una comisión de expertos, en tampoco se sabe qué, recomienda sacarlo de la tumba del Valle de los Caidos y le deja esta encomienda a Rajoy del que como gallego se supone que cree en la Santa Compaña para que finiquite el asunto. No sé yo, pero servidor que es también medio galaico por parte de madre, allá en la Cabrera, piensa que ésta es la penúltima sanjuanada de uno que ha dejado medio muertos de hambre en la cuneta a cinco millones de parados.

Quizá quede para el debate de investidura de Mariano, ojo al parche allá por los Santos Inocentes, y resulta fantasmagórico, si no fuera inquietante por lo del despiste, tal como está el pais pensando en otras cosas. A quien esto escribe la propuesta de Jose Luis le rejuvenece a pesar de todo, como cuando las tunas universitarias del setenta y tantos tenían todavía prohibido cantar el «Rascayú» por irreverente, recién muerto Franco. Era una cancioncilla que hasta habían tocado en la División Azul, caída en desgracia en su vuelta de Rusia a toda pastilla y la compuso un tal Pedro Bonet, mallorquín huérfano al que su madre pescadora le compró la guitarra en 1943: «Rascayú cuando mueras qué harás tú» y que quedó prohibida porque aludía antre líneas al invicto caudillo y a los obispos les parecía, en todo caso, anticatólica.

No creo yo que fuera para tanto, y menos ahora. La letrilla empieza más o menos así: «Oigan la historia que contaba un día/el viejo enterrador de la comarca/Era un viejo al que la suerte un día/su único bien le arrebató la Parca/Todas las noches iba al cementerio/a visitar la tumba de su hermosa/y la gente murmuraba con misterio/es un muerto escapado de la fosa».

Ya es obsesión de Zapatero por el desenterramiento de su abuelo y otros miles de fusilados aquí y allá, el mío también, pero uno no es dado a los fuegos fatuos como él y Rascayú. La coplilla del mayorquín Bonet sigue así: «Hizo amistad con muchos esqueletos/que salían bailando una sardana/y mezclando sus voces de ultratumba/con el croado de alguna rana./Los pobrecitos iban malvestidos/con sábanas que ad hoc habían robado/y el guardián se decía con recelo/estos muertos se me han revolucionado». Es lo mismo que me pasa a mí, y disculpe el señor presidente, cuando el Gobierno se ocupa de estas chorradas en vez de la crisis. Esa sí que es una mortaja para, como mínimo, la proxima generación. Los jóvenes, como nuestros padres, vuelven a emigrar con carrera, eso sí. los pobrines. Y Zapatero ha dejado a España como un cementerio.

Concluye Rascayú en su copla que «Si no es bastante tétrica la historia/los fuegos fatuos se meten en el lío/armando con sus luces tenebrosas/un cacao de padre y señor mío». Probablemente se adelantó a los mercados de deuda y a alguna prima de riesgo, como las que nunca faltan en ningún entierro para tocar a la parentela lo que usted ya supone de sobra.

Oiga, el presidente Zapatero acabará sin descomponer la figura, dicho sea en términos taurinos, como Don Tancredo. Otros pensamos, en cambio, que lo hará como Cagancho en Almagro por la pata abajo. En todo caso, esto es anormal tal que este invierno con las moscas acribillándome en casa. Lo que está pasando después de siete años de este sujeto en La Moncloa no es serio, ni siquiera según el Calendario Zaragozano.

Descansen en paz Franco y todos los demas de hace ochenta años y dejemos a los nietos y biznietos de las dos Españas que se casen y recasen entre ellos de acuerdo con las nuevas leyes del divorcio expres y no de la mortaja. Tiene usted un hijo de derechas y una nuera de izquierdas, Dios no lo quiera, y dígame qué hace si le sale la prole ni azul ni roja, sino a cuadros. Estas cosas de sentido común son las que deberían tratarse en el consejo de ministros para proteger a las familias de las discusiones entre cuñadas la próxima Navidad.

Genio y figura la de Zapatero hasta la sepultura. Teniendo en cuenta que hace ya treinta y seis años que las palmó Franco y que de aquella un buen puñado de españoles tenían menos de diez la mitad de la población no tiene por qué tener cicatrices y el que las guarde es porque se las ha abierto él solito. Con la que está cayendo estas bobadas son de humor negro.

¿Oiga, y si resultara que al abrir la fosa de Franco estuviera vacía, como pasó con la de García Lorca? Para echarse a temblar, si ha resucitado.

Cuerpo a tierra, Rascayú.

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