Feliz Navidad
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Es la frase que más se repite en estos días y, es que es así. Por mucho que se quiera trivializar, despojar de su sentido religioso o intentar convertir la Navidad en «las fiestas de invierno», nunca será posible evitar que alguien siga pensando, sintiendo y diciendo: feliz Navidad. Y es que Dios nos habla y nos crea a través de su Hijo, que es su Verbo, su Palabra. Y ahora, en este día de la Navidad, su Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su Belleza. Al nacer y aparecer Jesús en la tierra, se hace presente entre nosotros el secreto mejor escondido, la clave para entender el universo, la humanidad. Sin embargo, la luz vino a los suyos y los suyos no la recibieron, aunque a quienes la recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios.
Ese es el sentido más profundo de la Navidad. Que aparece entre nosotros aquel por quien todo fue hecho, en cuya palabra poderosa subsisten todas las cosas. Todo lo que vemos nace de la inspiración de Jesús, en ella está el Verbo (la Palabra) de Dios. No es necesario que Jesús nazca de nuevo, sino que nos sea concedida la experiencia de verlo nacer en cada rostro, en cada acontecimiento, en cada realidad. Cristo nace cada día en nuestra fe. Es lo mismo que contemplar de nuevo una obra teniendo ya presente al autor. Con esta contemplación descubriríamos cómo todos somos hermanos, cómo todos procedemos de las mismas manos creadoras, cómo no debemos enfrentarnos por particularismos. Aquí lo importante no es ser de aquí o de allá, tener este sexo o el otro, ser de este partido o del otro. Aquí lo importante es que todos hemos sido creados en Jesús con el mismo amor. Por eso, sin darnos cuenta, la Navidad nos lleva a subrayar la fraternidad, el amor universal. Jesús tiene un nombre previo al nombre que le impusieron sus padres María y José. Su nombre era Verbo, Palabra, en hebreo Dabâr. Este término hebreo significa que Jesús era la Palabra que hace realidad lo que dice. Con él nacemos y renacemos cada día.
En estas fiestas de Navidad no celebramos tan sólo el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Debiéramos celebrar igualmente nuestro nacimiento de Dios por la fe. Solamente así la Navidad sería para nosotros un acontecimiento de salvación. Y esto no es posible si no recibimos la palabra de Dios que se ha hecho carne y se proclama en medio de nosotros. Nosotros somos hijos de Dios si creemos en Cristo. Somos hijos de Dios y, sin embargo, es menester serlo cada día más, nacer continuamente de Dios, traducir a nuestras obras toda la voluntad del Padre. Ser hijos de Dios no es sólo motivo de gran gozo, sino también la posibilidad y la exigencia de una vida para todos los hombres. Cristo es el hermano universal. Ser hijo de Dios es imitar a Cristo, el primogénito entre muchos hermanos. Es, por lo tanto, vivir para los demás. Así pues, ¡Feliz Navidad!