EL ABANICO
La sanidad, un bien nacional
He pasado el fin de semana en el Ramón y Cajal de Madrid, a donde acudí acompañando a mi madre que se había roto una vértebra. No es la primera vez que visito ese centro debido a su avanzada edad, pero nunca lo había hecho en un momento tan crítico como el que estamos viviendo, no solo por los recortes que están sufriendo los funcionarios de los dos pilares fundamentales de nuestro estado del bienestar, la Sanidad y la Educación, sino por la cantidad de gente —políticos y empresarios sobre todo—, que se cuestionan si es conveniente o no mantener la Sanidad Pública tal y como la hemos conocido hasta ahora gratis total.
Yo creo que sí, cosa diferente es cómo deben manejarse los recursos humanos y económicos, y si en vez de políticos puestos a dedo por los presidentes de las comunidades autónomas, no los deberían dirigir quiénes mejor conocen sus problemas: los médicos, apoyados por un buen equipo gestor, que impida que se derroche en cosas superfluas.
Mucho se habla —a veces con bastante desconocimiento de causa—, de lo mal que funcionan las urgencias. No es cierto, y lo digo con conocimiento de causa, lo que me ha permitido ver sobre el terreno cómo trabajan los profesionales que nos atienden, y en qué condiciones lo hacen. La mayoría de las veces agobiados por las prisas, por la masificación, por la falta de camas, y cómo no por el mal talante de algunos enfermos o de sus acompañantes, que quieren tener los resultados antes de que les hayan hecho la radiografía pertinente, llegando incluso a agredir a los médicos y a las enfermeras.
En los Centros Públicos de Salud, no hay ricos ni pobres, a todos se nos trata por igual, sin tener en cuenta nuestra edad, ni nuestra economía, ni nuestros orígenes, sólo la enfermedad que padecen quiénes acuden a ellos y qué hacer para curarla. No reconocer que tenemos una de las mejores sanidades del mundo, es dar la razón a los que pretenden privatizarla, o dejarla en manos de empresarios que solo buscan, cómo es lógico, ganar dinero.