CORNADA DE LOBO
Otra de Fraga
Hay muchos Fragas, pero están en el mismo. Fue una politrinidad. Lo recuerda la catarata biográfica que nos duchó tras su envidiable muerte por el rito antiguo de hacerlo en casa (un privilegio), con los suyos, velándosele en la intimidad relativa del salón familiar (al que pasaron sólo los prebostes) y mandando al cuerno hospitales o suites de clínica cara... y la frigidez estrecha de un tanatorio o el ruidoso sarao de una capilla ardiente en cualquier institución. Qué tío.
Dice preciso y agudo David Trueba que hubo muchos Fragas porque reescribía su biografía adaptándose y que si hubiera muerto tras sacar su Ley de Prensa (1972), se le habría ensalzado como adalid de la libertad (lo mismo podría decirse por ser uno de los fundadores de El País , vaya, pero gracias a su ley tan aperturista , me procesaron judicialmente tres veces por cosas que escribí en los últimos años franquistas en este periódico y después en Pueblo ; penas de cárcel o destierro volaron sobre este nido; y me cagué).
¿Y si hubiera muerto tras suscribir los últimos fusilamientos de Franco?...
Ni Carrillo dijo mal de él en la hora tiesa del pésame prieto, bien al contrario; el «entendimiento» entre ambos fue clave para normalizar la existencia de contrarios en aquellos balbuceos de una democracia aún niñata hoy. Por lo demás, era tipo preparado con fondo de biblioteca y lectura al día, espartano en su labor y agenda, temible en sus órdenes, rocoso en su oratoria parlamentaria y, según dicen los del coro, no manchado por aprovechamiento particular o corrupción (¿ lo del chalet fue calderilla?... ¿y no cuenta su amparo al consejero aquel que mandó cepillar un ladrillero de aquí, aquel Cuiña que repetía alcaldías en Lalín entre el clamor popular de ¡Pepe, colócanos a todos!?).
Pero le perdía el carácter. En los 70, antes de una rueda de prensa, pregunté a un escolta qué había pescado Fraga aquel día y con eufórica ingenuidad dijo ¡35 truchas! creyendo fijar así lo bueno que era el jefe con la caña; en la rueda pregunté a don Manuel si sabía que el cupo de capturas era de 21 y me despachó furioso exigiendo desdecirme y que me acreditara. ¡Pero qué borde era! Al menos, los humoristas e imitadores le estarán eternamente agradecidos.