Nunca hemos visto una cosa igual
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Una faceta muy atractiva de Cristo es su talante liberador. Frente a los dirigentes rigoristas, apegados a la letra de la tradición y muy alejados del espíritu de la misma, se yergue la figura de Cristo como la de un hombre que no es que suprima la Ley, sino que le da un sentido más amplio y pleno. Por eso Él dice cosas como estas: se ha dicho que amarás al amigo y odiarás al enemigo, pero Yo os digo que hay que amar al enemigo; se ha dicho que hay que perdonar siete veces, pero Yo os digo que hasta setenta veces siete. Indudablemente la Ley de Moisés para Cristo está superada, porque Él está por encima y más allá de la misma. De ahí que sus contemporáneos afirmen: «Nunca hemos visto nada igual».
Los hombres que sigan a Cristo serán hombres libres, absolutamente libres, con un sentido de la libertad como ningún otro hombre puede tener nunca. Por eso, los mejores milagros de Cristo se han hecho frente a hombres paralíticos, ciegos, dependientes de otros, incapaces de valerse por si mismos, disminuidos, subordinados a otros hombres. Después de que Cristo los eligió, dejaron sus limitaciones y caminaron deprisa y gozosos en una nueva vida de fraternidad y libertad.
Hoy vemos a Cristo diciendo imperiosamente a un paralítico: «Levántate». Antes le ha perdonado sus pecados. Preciosa relación. Perdonar el pecado, la cerrazón para acoger la voluntad de Dios, es dotar al individuo de una libertad espléndida, que pone su punto de mira en Dios. Para este hombre la Ley no es que haya perdido significado, es que se le ha quedado pequeña porque ha encontrado el amor de Dios. Pasa lo mismo en la vida diaria. Para el hombre que ama a su mujer y a sus hijos, el Código Civil se le queda enano y no es necesario ajustarse a los artículos que recogen las «obligaciones» que como padre y esposo tiene, sencillamente porque esas obligaciones las rebasa ampliamente con el cariño que tiene a los suyos. Sólo cuando el amor se quiebra, se hace necesaria la ley.
Darles a los hombres de nuestro tiempo, esclavos de tantas cosas, un ejemplo de libertad es quizá uno de los mayores servicios que los cristianos podemos prestar a nuestros semejantes. Formar comunidades de personas libres, capaces de arrojar las camillas a las que nos atamos en los negocios, en las relaciones amorosas, en la vida social. El mundo de hoy, aunque no acierte a expresarlo, pide y exige con todo derecho que se vea de alguna forma la eficacia del Evangelio que se predica. Exige y necesita que los cristianos nos comprometamos con todos los hombres de buena voluntad en la gran tarea de la liberación de todos los oprimidos, que hagamos vida nuestra hermosa doctrina.