Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Se ha dicho con acierto que hablar del Espíritu Santo es como querer asir el Viento o dejar quieta la Vida. La frase resulta expresiva porque el Espíritu, por definición, escapa a cualquier imagen que pretenda encerrarlo, aunque ésta sea tan popular como la tradicional paloma. De todas formas, como humanos que somos, debemos acercarnos a esta realidad, a pesar de las limitaciones. Puede empezarse por alguno de los significados que la palabra tiene y que sean, en parte, aplicables a nuestro tema. Por ejemplo, se llama «espíritu de la ley» a la finalidad que persiguen los artículos de la misma y que debe ser conseguida con ayuda o a pesar de esa normativa concreta. Aplicado a las personas, pretende describir el interior de las mismas. Así, espíritu de Jesús sería lo que el Señor llevaba dentro y le hacía ser y actuar como era.

La importancia del Espíritu Santo para el cristiano actual la subraya el mismo Maestro: Cuando no esté a vuestro lado, el Padre os enviará el Espíritu Santo que os explicará el sentido de mi persona y mis palabras. El Espíritu impide que hagamos de la Iglesia una suma de individualidades en la que cada uno busca su comodidad y su bienestar. El Espíritu nos da la conciencia de «bien común» y de que cada uno está para todos. Todos, sea cual sea nuestro origen, cultura o condición social, constituimos el mismo cuerpo de Cristo: un cuerpo comunitario que emerge de las aguas del único y mismo Espíritu. En esta comunidad hay muchas tareas y ministerios: enseñar, curar enfermos, anunciar las Escrituras... Pero quien obra en todos es el mismo Espíritu que distribuye a cada uno una responsabilidad específica.

Quizá así comprendamos por qué el Espíritu Santo pasa desapercibido entre nosotros y no atinamos a celebrar una gran fiesta en su honor: la fiesta del Espíritu es la fiesta de la comunidad reunida, integrada, sin diferencias sociales ni privilegios; en la que no hay miembros más dignos que otros y todos trabajan para el bien de cada uno y de todos. Cuesta celebrar esta fiesta cuando nos encontramos con el panorama de las divisiones, las distinciones sociales, los individualismos, los prejuicios culturales y raciales... ¿Cómo sentir al Espíritu Santo? Ante todo, reuniéndonos. No lo encontramos en la soledad ni en el individualismo. Así como podemos hablar del «espíritu» de un pueblo o de un equipo sólo si concebimos a ese país o equipo como un conjunto integrado de personas, de la misma forma sucede con el Espíritu de la Iglesia. No lo tiene nadie como cosa propia, ya que Él es precisamente «eso que nos une». Al sentir que respiramos el mismo aliento divino, nos sentimos el único Cuerpo de Cristo. El Espíritu es el Aliento común, el respirar la misma fe y la misma caridad.

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