El Cuerpo de Cristo
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Celebramos este domingo una de las fiestas más populares en España. De mil modos se honra a Quien en la tarde de Jueves Santo se entregaba por nosotros y se quedaba en la Eucaristía.
Jesús, la noche antes de padecer, se reunió con sus discípulos para la cena pascual. Pero aquella noche Jesús cambió el símbolo y lo simbolizado. En adelante ya no será el centro el cordero pascual, sino el Cordero de Dios, el pan y el vino, el cuerpo y la sangre del Señor. Y nuestra cena, nuestra Eucaristía, no será una acción de gracias por esta o aquella liberación, sino por la liberación total y radical, incluso de la muerte. Hacemos memoria de la pasión y muerte del Señor, presagiada sacramentalmente en el pan y el vino, pero también de su resurrección, que da sentido final a su cuerpo machacado por los golpes y a su sangre derramada hasta la última gota en el leño de la cruz. Jesús no se conformó con anunciar su sacrificio en aquella Eucaristía del jueves santo, sino que lo llevó hasta el extremo más real con la entrega de su cuerpo y sangre hasta la muerte de cruz.
Desde aquel día, todos los domingos celebramos fielmente la Misa en memoria y para cumplir el encargo de Jesús. Pero a menudo parece que no siempre tenemos buena memoria de lo que Jesús nos encomendó. Y así nuestra fidelidad en repetir el gesto de Jesús del Jueves Santo se contradice frecuentemente con nuestro retraimiento en llevar a la práctica de la vida todo lo que hizo y nos encomendó Jesús.
Hay cosas que no deberíamos olvidar nunca. Hacer memoria de la Cena del Señor es obligarnos a comprender que la Misa no se termina con la misa, sino con la misión. Es decir, que no vamos a Misa para ir a misa, que no somos cristianos para ir a misa. Sino que la Misa es, de una parte, la expresión de nuestra fe («éste es el sacramento de nuestra fe»), de nuestra esperanza y de nuestra caridad; pero, de otra, es siempre un imperativo, una exigencia para hacer operativa nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. Por eso, cuando finaliza el rito, comienza la realidad en la vida; cuando termina la reunión eclesial, debe comenzar nuestro compromiso cristiano; cuando termina la Misa, debe recomenzar la misión.
Los primeros cristianos se tomaban muy en serio lo que celebraban en la Eucaristía; por eso vivían como hermanos y no había entre ellos pobres, ni marginados, porque todo lo ponían en común. La celebración de la Cena del Señor era para ellos un memorial imborrable del amor de Dios, y un estímulo irresistible de solidaridad con los hermanos. ¿Lo seguimos haciendo?