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ANTONIO NÚÑEZ
León

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Llevo semanas duchándome con el flotador del patito por si llega el socorrista mientras oigo las noticias de la mañana. No es para menos porque nadie sabía si van a rescatarnos o no. Por supuesto, el Gobierno tampoco. Estamos con el agua al cuello, dando las últimas bocanadas y a punto de ahogarnos en la crisis. Aún no sé qué será peor, si seguir remando al mar más allá del Finisterre, o sea se acabó, o que me rescate la Merkel en un boca a boca. Que no se me olvide llamar a Sarkozy y Berlusconi, dos autoridades mundiales en teutonas para preguntarles cómo se sienten.

Bueno, eso ya lo sé. Ajo y agua, machos. Lo preocupante ahora son las últimas declaraciones del ministro de Hacienda, señor Montoro, que tiene un apellido desproporcionado a su ruin estampa, según el cual los «hombres de negro», así conocidos en el argot financiero los tecnócratas que llegan a un pais intervenido y aplican unos recortes de muerte, nunca vendrán a España. Hombre, podría ser, pero a servidor lleva ya tiempo pisándole los talones el cobrador del frac, que tampoco es manco.

Para Montoro, olé, somos una gran nación que no puede ser devuelta al corralito. «Acuérdate del toro de Osborne», me dijo ayer Platanito mientras sacaba brillo a mis alpargatas por solidaridad. Otro que anda de limpiabotas en la economía sumergida por las esquinas de Madrid, donde antaño triunfaba en las mejores plazas, como aquí los agelcos. Y no le falta razón, porque cada vez que Rajoy y los suyos dicen que no van a hacer o no va a pasar tal o cual cosa, zas, suben los impuestos y hay que prestarle dinero a Rodrigo Rato, pobre hombre, cuando tendría que ser al revés.

Así las cosas, a mí que me rescaten, aunque sea la Merkel, antes de que se me ahogue mi patito en la ducha. No me la imagino yo con un flotador como el mío sino con dos —a saber, un wonderbrá que también la puede ahogar— pero es mejor eso que seguir el rumbo de Mariano, un gallego de las Rías Baixas de Pontevedra que más que nadar lo que sabe es guardar la ropa. Como marinero galaico nunca se aventuró en Fisterre y la Costa da Morte porque, joder, allí cubre y sus únicos méritos hasta ahora son que el Celta y el Superdepor vuelvan a estar en Primera. Por razones técnicas y de las otras personalmente a un servidor le mola más Esperanza Aguirre Gil de Biedma, la cual, a mayores de haber bajado el paro en Madrid, tiene cuatro equipos en primera división: el Real, el Atlético, el Rayo Vallecano y el Getafe. No hay color.

En el aniversario no sé cuántos del naufragio del Titanic yo también quiero que me rescate Ángela Merkel. El fútbol, ya se sabe, es un juego que inventaron los ingleses y que siempre ganan los alemanes, menos el año pasado los nuestros, que ahora quizá anden bajos de moral. De euros no, gracias. ¿De qué me tienen que rescatar? Vayamos por partes. En primer lugar de los cuatrocientos cuarenta mil políticos censados en España que cobran del presupuesto nacional. El otro día una emisora de radio recordaba —la pública no, desde luego— que sumando policías, guardias civiles, médicos y bomberos no llegaban ni por asomo a esa nómina. Algo falla en los servicios públicos.

En segundo lugar, quiero que me pongan a buen recaudo del ayuntamiento, la autonomía, la Hacienda del Estado, etcétera, cuya voracidad burocrática cuesta un huevo y la yema del otro, según mi urólogo de cabecera incapaz de diagnosticarme por qué ya no se me levanta. Elemental, cinco millones de funcionarios y ahí si que hay que cortar, y de paniaguados de todos los partidos, pesan mucho para otros tantos parados. Y paradas, ay, Leyre Pajín.

En tercero, quiero que me rescaten del banco como a Bankia y me defiendan del Defensor del Pueblo y del Procurador del Común. Si fuera a contarle mis cuitas a éste último, por ejemplo, igual hasta me empapelan el ex fiscal Amoedo y su asesor leonesista Joaquín Otero. Oiga, si usted los denuncia en los papeles del periódico ni se inmutan, pero mucho ojo a la viceversa. Son capaces hasta de trabajar de oficio. Cierto tabernero amigo mío de la plaza del Cid, a cuyo establecimiento acuden sus señorías de la Audiencia para el café de media mañana es de la misma opinión: «Más vale que vengan aquí a que tenga que ir yo a verlos a ellos». Inhíbete, paisano Peñín, que soy un caso perdido.

Aviso para los hombres de negro de la Merkel. Aquí en España, menos los golfos que se llevan indemnizaciones multimillonarias de las cajas de ahorros cuando se prejubilan, a los demás que nos registren.

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Los ladrones somos gente honrada.