CORNADA DE LOBO
Desnudita
España, asustada. Los vientos, contrarios. La casa, sin barrer. La prima de Riesco, cada vez más golfa. Las campanas, tañendo a entierro.
Ah, y... «mi niña, desnuda, y san Juan, encima», dijo una mujer de dichos antiguos al recordar que aún no había comprado el vestido a su hija para las fiestas patronales que ya están al caer («pues desnudita quedará este año, dijo la crisis... y que se vaya acostumbrando, que aún viene lo mejor»).
Europa nos ladra y la Merkel nos da con la badila en los nudillos: «En la última década, España sólo se dedicó a delirar y dilapidar» y con más razones de las necesarias, muestra que somos unos «perfectos irresponsables».
Ya, pero en la piscina de la abundancia nos bañábamos todos tan contentos... ¡que nos quiten lo bañao!, concluyó un consejero de ahorros que se largó con tres liquidaciones, una bañada en cromo, otra en oro y la gorda niquelada.
Dicen los que confiesan saber que no saben nada (y Bruselas, que lo sabe todo de todos), que con estas dolencias nos arrastraremos hasta entrar en la próxima década que, un siglo después, querremos soñar de nuevo como otros Felices Años Veinte... aunque vuelva el charlestón, la Ley Seca y Elliot Ness.
No hay otro asunto del que hablar.
La prensa y los medios redundamos cada día en la herida, ahora infectada además. Sólo hablamos de la crisis y ampliamos así el rugido de la avalancha pesimista que entierra la paz y la esperanza de un pueblo bendito y sonao que pecha y apoquina como si fuera el delincuente principal de este horroroso desaguisado financiero.
Buscamos noticias optimismas para darle pomada a estas contusiones, pero una y otra vez no podemos sustraernos a esta tormernta de arena que impide ver más allá de un palmo del ombligo... y cada cual con su ombligo: las manifestaciones laborales que colman las calles españolas y el calendario de la agitación se reducen en realidad a un «¿qué hay de lo mío?».
Durante un tiempo largo aún seguiremos hablando de esta crisis y de las devastadoras secuelas que va dejando. No habrá otro tema, porque iremos averiguando en pellejo propio que «lo peor de ser pobres, es que no se puede pensar en otra cosa».