Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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Tienen en Serradilla una rareza feliz y es su forma de hablar. Ya de canto, se ve que es un viejo leonés-asturiano que se fosilizó en aquel enclave extremeño acostado en las lindes del parque de Monfragüe.

Serradilla tiene al sur un mar de encinas que llega hasta el Tajo cercano y, a la espalda, serrasca o serreta de ladera arbolada y olivarera y, detrás, andurrial con quebradas de manantial, cascadas y cuevas que dieron asilo histórico a bandoleros, a huídos o sublevados (el último echado a ese monte fue un maquis, el Francés ). Es un pueblón en toda regla y se arracima en abrazo estrecho de casas blancas con sombrero de teja donde vivían cinco mil almas hace sesenta años y hoy mil seiscientas, resistiendo emigraciones y campos dejados, de ahí que haya bastante población mayor, de la doctorada en viejas caloras, labores o penurias y a la que se ve más afable y llevadera que resignada o fatalista. Es gente que te topas en la calle y te parla sin conocerte (aquí el verbo parlar es palral , que las erres de Serradilla se hacen eles de castúo y es guapa la cadencia). Eso de hablar con desconocidos sin recelo es fenómeno envidiable hoy en día, lo mismo que la costumbre rigurosamente mantenida en este pueblo de dejar abiertas las puertas de las casas, mientras su viejo hablar serraillanu (la lengua de la madre) se resiste a morir navegando aún con vivacidad entre el fraseo de estas gentes. Admirable.

Y a Serradilla fuimos porque un cartel anunciaba el «Día del habla serradillana» y allí decía «Se jadi sabel» (se hace saber) que a las 8 habrá «chalrra sobr’el serraillanu explicoteá por el conocíu escritol Pedro Trapiello». Vaya, suena bien lo de escritol , pero lo de conocíu... en fin, pasémoslu entreteníu y provechosu porque estábamos a cuatrocientos kilómetros, pero en casa. Y volvimos llenos de admiraciones del lugar y de cómo pervive su habla, aunque sólo la palró y la palra ese pueblo y su derredor, una jabla con algún influjo del chinato, del castúo y bejarano.

Si vas a Serrilla, preguntarás por Néstor y te contará la historia bandolera del sitio (ultima el rodaje de El Cabrerín) y de cómo el serraillanu congrega y encuaderna aquella comunidad leal al su origen en estos nortes.

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