La fiesta de Reyes
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
La fiesta de Reyes que hoy celebramos, nos recuerda sobre todo la vocación universal y misionera de nuestra fe. Lo afirma el texto del libro de Isaías que se proclama en la primera lectura y además se repite, acentuando aún más la radicalidad, en el fragmento de san Pablo en su carta a los Efesios.
La fe cristiana es una oferta que Dios hace a la humanidad entera. Por la presencia del Hijo de Dios en el mundo y su manifestación —su «Epifanía»— todos los hombres de todas las épocas y culturas estamos llamados a la salvación definitiva. Cada civilización, cada tiempo, cada hombre tiene en el cielo su estrella que, seguida e interpretada correctamente, lo lleva hasta Jesús. Él, Jesús, respeta los modos de ser, las costumbres y tradiciones en lo que tienen de valioso y, al hacerse hombre, instaura la nueva y gran fraternidad de todos los hombres, hijos de Dios llamados a vivir para siempre con Él.
La misión y las misiones de la Iglesia nacen de esta convicción y de este gozo. Pero, cuando san Mateo redactaba el evangelio que se lee en esta solemnidad —la adoración de los Magos—, quería destacar seguramente que son los extranjeros, los extranjeros de buena voluntad, los que se acercan a Cristo, mucho más que los que en teoría lo tendrían más fácil. Al describirnos el malestar y la hipocresía de Herodes o el desinterés de los fariseos, también se pone en evidencia la dificultad que tienen los poderosos del mundo para abrirse de corazón al Evangelio. A menudo tienen miedo -tenemos miedo- de perder posiciones, olvidando que el mensaje de Jesús es precisamente palabra de libertad verdadera y de dignidad para todos. Herodes, como sabemos, prefirió matar a los niños de Belén; otros encuentran, ciertamente, soluciones menos crueles, pero no por eso se resisten menos a que el Evangelio impregne la vida humana personal y colectiva.
Sin embargo, siempre, en algún rincón de la tierra, hay hombres y mujeres —los Magos, si queremos— que, captando los signos de los tiempos, seguirán la estrella y encontrarán finalmente a Jesús. Y siempre habrá cristianos que también querrán convertirse, con la gracia de Dios, en signos para los hombres cercanos y lejanos, respondiendo al Dios-con-nosotros y a su invitación a seguirle.
Navidad y Epifanía son, por ello, las dos caras de esta revelación singular: Dios se ha hecho hombre, no una idea abstracta, sino un hombre de carne y hueso, un niño, uno como nosotros. El único camino que conduce inequívocamente hacia Dios es el otro, el hombre, el hermano. Cualquier rodeo por evitar al prójimo no lleva a Dios, sino a los ídolos, a nuestros prejuicios sobre Dios.
Entre nosotros, Reyes es la gran fiesta de los niños. Ellos son evidentemente la alegría y la esperanza de las familias y de la Iglesia. Pienso que el mejor regalo que los mayores podríamos hacerles, sería el de enseñarles con nuestras palabras y, sobre todo, con el ejemplo, el profundo cariz liberador que Cristo da a nuestra vida, que vieran en casa la alegría de la presencia de Jesús y que aprendieran, ya desde ahora, que la felicidad mayor consiste en compartir.