CORNADA DE LOBO
Señor, céntrate
Todo lo que te cuente Sócrates debes creerlo, aunque a veces le sobra adorno... pero si te relata una historia «muy humana» de la que dice fue testigo ante el Cristo de los Valderas que se venera en San Marcelo... no deberías creerle... se lo dijimos: ¡anda, pero si tú nunca vas a la iglesia!... ya, pero necesitaba tomar notas y fotos de ese Cristo para un trabajo que lleva avanzado: «Milagrería y fe popular en la España barroca».
El caso es que entró en esa iglesia hace unos días, nos contó, y tras hacer sus fotos, vió llegarse hasta el pie de la milagrosa imagen a un tipo bien trajeado con su abrigo caro y un pelucote de oro en la muñeca que dice qué hora es en cada uno de los cielos de las principales religiones, qué reloj... un minuto después se acercó también allí, arrodillándose cerca, un pobre hombre algo desmedrado, gorra en mano, chándal astroso y chaquetón con giña... como Sócrates se encontraba en un banco cercano, escuchó sin querer que los dos rezaban recitando sus ruegos entre dientes... atiende, Señor, mi plegaria desesperada, decía el hombre trajeado, concédeme tres millones o mi negocio será embargado mañana y será mi ruina, Señor, sólo tres millones... también musitaba su oración el pobre hombre de al lado: Señor, por caridad, sólo pido cincuenta euros, que mi familia se muere de hambre y no encuentro ningún trabajo a esta edad, Señor, qué será de mí, nos han cortado la luz y... arreció entonces en su oración el hombre trajeado elevando incluso el tono, mientras el pobre seguía en su lásima: Señor, con cincuenta euros comeríamos una semana y ayer gastamos en patatas lo de las medicinas de mi mujer que se está muriendo, ay, Señor, cincuenta euros... y el hombre trajeado, a su carrete: ¡tres millones, Señor, sólo tres!, son nada para tu infinita omnipotencia; y prometo el diez por ciento para obras pontificias... Señor, sólo cincuenta euros, insistía el pobre... entonces, el hombre trajeado echó mano al bolso, sacó un fajo, cogió un billete y se lo puso airadamente en la mano del pobre, toma, aquí tienes tus cincuenta, coño, y lárgate de una vez... volviendo piadosamente sus ojos al Cristo, aplacó el tono y siguió su rezo: y ahora, Señor, céntrate en lo nuestro...