Diario de León
Publicado por
ANTONIO NÚÑEZ
León

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Aún a riesgo de estrellarme contra lo políticamente correcto diré que el aeropuerto de León me la sopla igual que el Sepla. Oiga, pocas veces se había visto un caso de despilfarro en dinero público como éste, que al final ha acabado en un embarque diario de quince o veinte paisanos como mucho, y eso con billete subvencionado, en unas instalaciones que no sirven para nada pero hay que mantener a base de pasta gansa. Esto causaría como mínimo la hilaridad del tonto Hilario, el que asó la manteca, si viviéramos en un país medianamente serio. Aquí, por el contrario, le echan la culpa a los de Villanubla en Valladolid por llevarse para allá no sé cuantos vuelos al día, naturalmente también subvencionados. Y mientras tanto un consorcio provincial muy cazurro sigue ofreciendo a las compañías aéreas más morterada por aterrizar o despegar de La Virgen del Camino. Patético.

Como cantan los Café Quijano de su Lola lo del aeropuerto más que historia tiene un poema. En los primeros años setenta se le ocurrió la idea al presidente de la Diputación y de la Cámara de Comercio de la época, Emiliano Alonso Sánchez-Lombas, según el cual iban a llegar volando ejecutivos y empresas de los cuatro puntos cardinales. Recogió el testigo uno de sus sucesores en el Palacio de los Guzmanes, el socialista Agustín Turiel Sandín, que antes de despedirse del cargo sin que hubiera nada mandó poner en la carretera un cartelón de diez por diez metros como poco para que leyeran los forasteros «aeropuerto a la izquierda» o algo así. Para piloto de proyectos él, no te joroba. Al final llegó otro, ya no me acuerdo quién, que construyó una minipista de un kilómetro y una terminal pequeñina y muy cuca junto a la base aérea, donde íbamos a comer el bocata, echar un cigarro y escaquearnos currantes de medio polígono industrial de al lado y militares escaqueados de sargento para arriba. De aquella cuando salían los aviones la Diputación compraba la mitad de los billetes a fin de que el comandante no perdiera dinero, así cualquiera pilota de gorra, si bien aquello era pecata minuta y en cierto modo entrañable.

El colmo del despilfarro llegó con Zapatero y el actual macroaeropuerto, que se inauguró a bombo y platillo con la tira de autoridades de todos los colores políticos en la foto. La prensa advirtió enseguida que aquella millonada de inversión era una pasada sin que nadie hiciera caso, de ahí lo que vino después. Los primeros que cerraron fueron el kioskero y el de la cafetería. Las compañías aéreas después. Hace años que no me doy un garbeo por aquellos andurriales, entre otras cosas porque no hay nada que ver, aunque supongo que habrá que limpiar aquello todos los días y en la pista de aterrizaje seguirán el camión de bomberos y la ambulancia, bien a tiempo parcial o como funcionarios vitalicios clásicos de los de por vida.

Cuentan los periódicos que desde el otro domingo, cuando despegó sin vuelta la compañía Good Fly, ya sólo opera allí Air Nostrum con un vuelo a Barcelona menos jueves y sábados y con controladores militares de segunda mano. No puede decirse que el tráfico y el espacio aéreos estén imposibles, mi sargento. El resto del tiempo todo aquel complejo no vale ni para hogar del pensionista antes de embarcar por cuenta del Inserso.

Mantener ese mamotreto, que nunca debió hacerse, cuesta un pastón. Y el problema no es sólo ese, sino a qué usos dedicarlo cuando se decida el cierre, como ya es hora. Porque hasta la gente que nunca ha pensado usarlo por fobia a volar quiere seguir presumiendo de aeropuerto en su pueblo y que se jodan los capullos esos de Valladolid. Tiene mal arreglo el asunto y pasa lo mismo con el AVE o el palacio de congresos de la arruinada azucarera Santa Elvira. O cuando hicieron el estacio de fútbol de tercera división para la Cultural porque no hay cuarta. Oiga, ponga usted en duda cualquier inversión de éstas, por citar solo algunas, en la barra del bar y lo afostia, así en lleunés, el que está leyendo el Marca .

A un servidor toda esta tontería le recuerda al chiste aquel de Franco, que arengaba desde el balcón con un «españoles, tenemos mil aviones», lo que era acogido estruendosamente con otro «bien, Franco, bien». Luego seguía con «pero no volan», lo que abatía un tanto el ánimo de los suyos. Entonces el dictador para subirles la moral añadía «pero también las gallinas tienen alas y no volan», recibido con otro aplastante «bien, Franco, bien». Y después vuelta al corral.

Yo a veces pienso que ahora nos pasa lo mismo.

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