El Papa arremete contra la «hipocresía religiosa» y la «división en la Iglesia»
En su última misa pública confirma que las guerras internas de la Curia han pesado en su decisión.

Benedicto XVI hace su primera aparición pública tras anunciar que renuncia a su cargo.
El Papa dejó pasar dos días para que la Iglesia asimilara el impacto de su histórica renuncia y ayer insistió en su audiencia de la mañana, su primera aparición en público tras el anuncio, en que lo hace «en plena libertad» y «muy consciente de la gravedad» de su decisión. Son las mismas palabras que empleó el lunes, pero quiso dejar bien claro que sabe muy bien lo que hace y, por otro lado, desmentir que ninguna conspiración interna le ha forzado a nada, en contra de las reconstrucciones que circulan en los medios. Reconoció, no obstante, que son «días difíciles», una expresión que no coincide con la teórica «serenidad» que le atribuía oficialmente el Vaticano tras la noticia.
Pero fue luego, en la imposición de la ceniza de la tarde, su última misa pública como Papa, donde cambió el registro y pasó al ataque. Con un acto de acusación en toda regla, una dura homilía plagada de severas alusiones que confirman un escenario interno en la Santa Sede de luchas y ambiciones de poder. Y que ratifica cómo ha sido uno de los factores que han influido en su abandono.
En la basílica de San Pedro, llena a rebosar con más de 8.000 fieles y muchos otros que se quedaron fuera, ante la plana mayor de los cardenales y la Curia, sonaron frases fuertes contra la «hipocresía religiosa, el comportamiento que quiere figurar, las actitudes que buscan el aplauso y la aprobación». También denuncias de los «individualismos y rivalidades», de las «divisiones del cuerpo eclesial» que «desfiguran el rostro de la Iglesia».
Incluso sarcasmos afilados, en una frase que parece pensada para el ‘caso Vatileaks’, contra «los muchos que se rasgan las vestiduras ante escándalos e injusticias, naturalmente cometidos por otros, mientras son pocos los dispuestos a actuar sobre su corazón y su conciencia». Cuando terminó de hablar se hizo un inmenso silencio en la muchedumbre de la mayor basílica de la cristiandad, donde según la tradición reposa el primer pontífice, San Pedro.
El informe
Fue el profundo lamento de un Papa que se ha visto rodeado de ‘cuervos’, de rencillas, de zancadillas, de trepas, de resistencia a sus intentos de limpieza, de despachos insensibles con intereses personales. Un pontífice que ha sentido su debilidad y ha sufrido en carne propia las divisiones internas, aireadas en el escándalo ‘Vatileaks’. Los medios italianos seguían insistiendo ayer en que han pesado en su renuncia las demoledoras conclusiones del informe interno sobre el caso, realizado por tres cardenales ‘detectives’ de confianza que han tenido carta blanca para interrogar a altos prelados en la Santa Sede.
De cara a la galería se celebró en septiembre un juicio con ribetes de farsa al mayordomo papal, Paolo Gabriele, un único culpable que se habría movido solo y que fue condenado e indultado antes de Navidad. Pero encima luego le buscaron trabajo en un hospital ligado a la Santa Sede. En cambio, en esta reconstrucción secreta estaría la verdad sobre lo ocurrido en las luchas intestinas de la Curia, con pruebas y testimonios sobre cargos de confianza que habrían actuado a espaldas de Benedicto XVI. Los tres cardenales entregaron su informe en verano, pero el semanario Panorama afirma que cuando el pasado 17 de diciembre el Papa volvió a recibirles, una reunión cuyo contenido se ha mantenido secreto, llevaron una segunda parte de sus informes con nuevas revelaciones. Esos últimos folios habrían sido la puntilla.