El Papa confirma que desaparecerá por completo tras materializar su renuncia
Su secretario personal y cuatro monjas le acompañarán en su nuevo periplo.

Benedicto XVI, mientras saluda a los sacerdotes de su diócesis.
El Vaticano se despertó ayer con la resaca del duro ajuste de cuentas que Benedicto XVI lanzó en la misa del miércoles de ceniza contra el sistema de poder de la Curia y las «divisiones y rivalidades» que «desfiguran el rostro de la Iglesia». Una grave acusación que deja sobre parte de la jerarquía la responsabilidad de la histórica crisis a la que ha llegado el papado con la renuncia de Ratzinger. Cada palabra del Papa en estos últimos días está cargada de significado porque está despidiéndose.
Ayer, en cambio, tuvo su tradicional encuentro con el clero romano, los curas de las parroquias de la capital. Es la Iglesia de base y el acto se desarrolló en un clima distinto, familiar y distendido, con un gran calor de los presentes y aplausos. «Aunque me retiro ahora sigo cerca de vosotros con la oración, y estoy seguro de que vosotros estaréis cerca de mí, aunque para el mundo estaré escondido», dijo el Papa. Confirmó así por primera vez que su intención es desaparecer por completo y no planteará ninguno de los problemas que se teorizan estos días. Acerca de su retiro, el Vaticano detalló ayer que, de momento, le seguirán en él su secretario personal, Georg Gäenswein, y las cuatro monjas a su servicio.
Algunos de los curas no pudieron contener las lágrimas. Es interesante comprobar las diferencias en las reacciones de las distintas capas de la Iglesia al anuncio del Papa. Aún es pronto para comprender el efecto del trascendental paso de Benedicto XVI, pero aunque nadie lo dice en público sí que hay comentarios críticos y contrarios a su decisión.
Los dilemas del Concilio
El Papa no tuvo problemas en confesar sin rodeos que «por las condiciones de mi edad» no había preparado ningún «gran discurso». Nunca había admitido algo así y lo dijo casi con alivio. «He pensado en una pequeña charla sobre el Concilio Vaticano II y cómo lo he visto», propuso de modo muy informal. Entonces habló sin papeles durante cuarenta minutos, improvisando con total lucidez, aunque su rostro denota un gran cansancio.
Siempre se regresa al Concilio, que acaba de cumplir 50 años, como la última señal fiable plantada en el camino. Que el pontífice lo hiciera ayer en una de sus últimas intervenciones, eligiendo ese tema, no es casualidad, como nada de lo que pasa estos días. El Concilio fue el último gran intento de renovación de la Iglesia, para ponerla al ritmo de los tiempos, y se vivió como un choque entre conservadores y progresistas en el que todos quedaron insatisfechos.
Ratzinger, que fue testigo directo del Concilio como asesor, habló precisamente de esto. Pero opinó que hubo un fractura decisiva entre el «Concilio real» y otro «virtual» relatado por los medios, que lo retrataron como una guerra de facciones ideológicas o «una lucha de poder». «El Concilio llevó a afirmar que nosotros somos la Iglesia, todos juntos, no una estructura», recordó, en este momento en que esa estructura se ha convertido en parte del problema.