Recibid el Espíritu Santo
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Es el don del Señor Resucitado, que capacita a su Iglesia para la misión y a sus miembros para superar miedos e incertidumbres y lanzarse a hacer creíble la Buena Nueva. Y es que Evangelizar supone celo apostólico y valentía para salir la Iglesia de sí misma. Ésta está llamada a ir hacia las periferias, no sólo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las del abandono de lo religioso, las de toda miseria. Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar, hace de sí misma su punto de referencia y entonces enferma, precisamente por replegarse sobre sí. Un denominador común a todos los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tiene como raíz esta especie de narcisismo teológico y eclesiástico. El Apocalipsis nos dice que Jesús está a la puerta y llama. Quiere decir que golpea desde fuera la puerta para entrar, pero también ocurre muchas veces que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia ensimismada pretende a Jesucristo dentro de sí y no le deja salir.
En este sentido nos dice el papa Francisco: «La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser como la luna, que recibe su luz del sol, y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad. Ese vivir para darse gloria los unos a otros. Simplificando, hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí y proclama la palabra de Dios con integridad y valentía; o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación del mundo».
El mundo entero debería sentir en su entraña la sombra de los cristianos. Sería necesario, para ello, que ellos fuesen capaces de transparentar a Cristo, de ser dóciles a su fuerza arrolladora en lugar de oponer a ella el insalvable obstáculo de la resistencia a la gracia. Pero naturalmente la dificultad se explica. No es fácil dejar que Cristo nos penetre con su peculiar estilo de entender la vida, ni pasar por encima de la atracción del poder, ni traducir en la práctica lo que decimos creer. No es fácil el arriesgado ejercicio de superación y dominio que supone realizar diariamente lo que se esconde tras frases como ésta: «No he venido a ser servido sino a servir». No es sencillo plasmar en la práctica las grandes lecciones de generosidad y desprendimiento que conlleva la doctrina cristiana.
Sin embargo, cada domingo somos invitados a hacer la experiencia de la fe que la celebración del misterio pascual reanima y aumenta los dones de la gracia. Así conocemos mejor qué bautismo nos purifica, qué Espíritu nos regenera y qué sangre nos redime, para que los frutos del sacramento pascual perduren siempre en nosotros y nos hagan testigos de la salvación en medio de nuestro tiempo.