Diario de León
Publicado por
ANTONIO NÚÑEZ
León

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Y a se ha montado el pifostio al anunciar el ministro de Educación, señor Wert, que en el futuro todos los niños españoles tendrán derecho a recibir enseñanza en español. Servidor lo daba por sentado en el pupitre, pero se ve que soy del plan antiguo. Los chavales han vuelto al cole y no entienden nada sobre todo en Cataluña, Baleares y algo en Galicia o el País Vasco aunque aquí mismo estuvimos a punto de hacernos un lío cuando cierto iluminado exconcejal de la UPL quería implantar el «lleunés», a saber lo que es eso, en las escuelas. Por cierto que cobra y da clases en la Universidad de León, supongo que ambas cosas en román paladino, el cheque es el cheque. Se escribe esto para desintoxicar un poco de la crisis y del Rey, cuyo problema no está en una cadera sino de lo que le cuelga entre las dos.

Dicho esto se alegra uno de que mi prole no haya padecido de inmersión lingüistica ni de lengua vehicular, dos palabros compuestos y modernos que deben hacer rechinar las tizas en la pizarra. Por cierto que de no nacer aquí me hubiera gustado haberlo hecho en China, donde con mil millones muy largos de gente y la tira de acentos idiomáticos resolvieron el problema dialectal de un plumazo: «Ni cantonés ni de Shangay ni leches; seguimos siendo comunistas pero todos a hablar el mandarín como un solo hombre». Entre ellos no sé, pero aquí sigue ententiéndoseles poco. La cuestión es que se están haciendo los amos del mundo o como mínimo de los bazares.

Tal como andan las cosas por aquí el español puede dejar de ser un idioma universal, por lo menos en casa, y que en la próxima generación cuando llegue un turista guiri ya no se sorprenda como el lusitano de Quevedo en París: «Admirose un portugués/al ver que en su tierna infancia/todos los niños en Francia supieran hablar francés./Arte diabólico es/dijo torciendo el mostacho/pues para hablar el gabacho un hidalgo en Portugal/llega a viejo y lo habla mal/y aquí lo parla un muchacho». Eso es lo que tendremos ahorrado en castellano con los partidos nacionalistas, que son cuatro y el cabo aunque mandan hasta donde a Su Majestad le sobrepesa y, según algunos, le sobrepasa.

Que sea noticia la Ley Wert por enseñar español en España es tan ridículo como si en Francia no lo hicieran en francés, en inglés los de Inglaterra o en alemán Ángela Merkel, faltaría Mas. Se les ha entregado la educación a los nacionalismos, que han tenido treinta años para abonarla de porquería separatista con toda su palabrería de mierda. En esto tanto socialistas como peperos han hecho concesiones infumables cuando no tenían mayorías absolutas en el Parlamento, que era casi siempre, y hasta tipos duros como Aznar llegaron al esperpento de decir que hablaban catalán «en la intimidad». El colmo ya fue cuando Zapatero mandó poner traductores en el Senado porque sus señorías no se aclaraban en español y eso sí me lo creo. Ni a los irlandeses o escoceses, que también son muy suyos, se les ocurriría dar clases a sus hijos en gaélico, si bien por el mismo precio en España se acabará dándolas en bable asturiano, otros que tal bailan, calorro —ojo a los de Armunia— el ya redicho lleunés o en ballarete, jerga que hablan los afiladores orensanos de Nogueira de Ramuin para entenderse entre ellos cuando se echan a rodar por el mundo con la rueda de afilar que echa chispas.

Ya a primeros del siglo XX don Pío Baroja avisaba que la extrema derecha se quita leyendo, la extrema izquierda con dinero y los nacionalismos viajando. Baroja no está hoy bien visto en su tierra, que se lo pregunten a los de Bildu, a saber los mismos de Eta o como quieran llamarse ahora. En los años eufóricos de la ONU falló el «esperanto» como lengua universal del Planeta, aunque estaba cantado que no con la guerra fría. Les apuesto un euro a Urkullu y Artur más a que en él no había ninguna palabreja euskaldún o catalán, si acaso watusi.

El problema lingüístico es otro, a ver si nos entendemos. En treinta y tantos años de profesión uno sólo recuerda tres entrevistas que se pudieran pasar directamente del magnetofón al papel porque el entrevistado no hablara con faltas de ortografía. Una fue con el pintor burgalés Vela Zanetti, otra con el economista Fabián Estapé, expeditivamente orgulloso de ser tan catalán como español, y la tercera con el exrector de la Universidad leonesa Miguel Cordero del Campillo, cuya amistad me honra. Los dos primeros han palmado.

Espero que el último resista.

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