Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Dios es Dios de la vida y de la alegría. Él transforma nuestra existencia y siembra en ella la semilla de la esperanza. Por este motivo, el hombre de fe se caracteriza por su valentía, fundada en la certeza de que Dios ha resucitado a su Hijo Jesús. Con esa fe, las tareas del mundo encuentran un nuevo sentido: son trabajo por el Reino, abonan la tierra para extenderlo. Esta visión de la vida y del mundo sostiene una nueva esperanza, que no es un somnífero que nos lleva a dejar que el mundo vaya a su aire, sino que es un estímulo que espolea al creyente a posibilitar la vida de todos, hasta llegar a la plenitud de la vida eterna. Por eso, la Iglesia, peregrina hacia la casa del Padre, se toma en serio las cosas de este mundo y se pone incondicionalmente a su servicio.

Creer en la vida eterna es, antes de nada, creer en la vida. Si hablamos de esta vida y de la otra, no es con intención de contraponerlas, sino de diferenciarlas. La otra vida no está contra ésta; tampoco es una mera continuidad. Sencillamente será otra, distinta, inimaginable por el momento. Creer en la vida eterna es creer y amar y aprovechar ya esta vida, que hemos recibido como don de Dios, igual que esperamos recibir la otra. El compromiso de sacar adelante esta vida según el plan de Dios manifestado en Jesús, se deriva de que creer en la vida eterna es una seguridad rotunda. Por eso, no hay mayor garantía ante los hombres de la seriedad de la fe en la vida eterna que la de vivir y ayudar a que todos puedan vivir como personas, como hijos de Dios. Todos iguales.

No estamos en el mundo para padecer. Nuestra fe no es una fe en un Dios sádico que se complace en nuestros sufrimientos y somete a prueba nuestra «paciencia». Creemos en un Dios vivo que actúa en la historia sacando adelante nuestra esperanza; en un Dios que pone en nuestras manos nuestro mejor futuro. La paciencia cristiana es una virtud activa; no es el simple aguardar, es el salir al encuentro. Es hija de la esperanza, y ésta se muestra en trabajar por extender el Reino de Dios, un reino de justicia y de paz para todos los hombres. Sólo la fe en la vida eterna que se realiza en la continua transformación del mundo hace creíble la esperanza cristiana. Por eso, sólo quien se compromete en hacer posible la vida para todos los hombres es quien de verdad cree en la vida eterna y ayuda a que esta fe alcance a todos los hombres. Creer en la vida eterna debe ser para nosotros hacer posible la vida para todos, sabiendo que la persona tiene una dignidad sin límites como la misma promesa de Dios. De este Dios, que lo es de los vivos y no de los muertos.

tracking