EL PAISANAJE
Lo más Real
M e estoy volviendo monárquico a tope desde que asisto a los ímprobos esfuerzos de la Casa Real por parecerse a una familia española cualquiera, aunque de alta gama. Se dice esto porque no hay ninguna sin hija divorcieta, otro gay, en este caso ex según las malas lenguas, algo incompatible con los Borbones, la segunda imputada en el juzgado, un nieto a pájaros hasta el punto de que se dispara en el pie y va luego a discotecas de menores y diversificación escolar, donde están aparcados por imposible hasta cumplir dieciseis años los repetidores de curso más recalcitrantes, etcétera.
Ah, y un padre pillado in fraganti cuando estaba de picos pardos, trompas en el caso de don Juan Carlos. Pregunte usted a un sociólogo y le dirá que éste es el retrato robot de una familia normalica, si bien con una salvedad: lo único que les falta es un parado, aunque creo que si ya no lo tienen será pronto en la persona de Urdangarín, o dos con su señora, para el supuesto de que despidan a ambos de Telefónica y la Caixa, donde no eran lo que se conoce vulgarmente como mileuristas. Eso queda para los plebeyos.
Lo del Iñaki es para mear y no echar gota, con perdón. Doy yo un braguetazo como el suyo y a buenas horas me pillan atropando calderilla por las esquinas y por la jeta. Oiga, nadie se la iba a dar si no fuera yerno del Rey y marido de su hija la mediana. Solía decir mi abuela que la avaricia rompe el saco y añado yo que la única que se libra es doña Sofía. Una santa como todas las madres.
La monarquía española es un cockail explosivo, digamos que molotov para comunistas nostálgicos del Muro de Berlín como Cayo Lara, a la que sólo le faltó emparentar al nieto repetidor con una de las hijas góticas de Zapatero. Hubiera sido el broche final según las leyes de Murphy, el que dejó escrito que cuando una tostada del desayuno se te cae al suelo lo hace siempre e invariablemente del lado de la mantequilla.
Pero todas las desgracias se pueden mejorar por encima de las leyes del tal Murphy. Para agitar el cocktail un juez de apellido Castro —y no lo citaré más veces para no hacerle propaganda, que es lo que él quiere— anda empeñado en imputar a la infanta Cristina en los chanchullos del marido. Sin pruebas, pero el razonamiento es impecable. Escribe su señoría en la instrucción del sumario que o la señora es tonta por no enterarse o cómplice necesaria. Lo primero es altamente improbable para Murphy, que también se huele la tostada del lado de siempre.
Un amigo franquista que me cae muy a la izquierda echaba las cuentas el otro día a la hora de los vinos y de golpe saltó con un «joder, el Caudillo mandó treinta y nueve años por la gracia de Dios y Juan Carlos lleva ya los mismos por una gracieta del otro». Saque los calendarios, calcule y verá que lleva razón. Franco se aferró al cargo enfermo de Parkinson y su majestad de múltiples implantes de cadera. No sé qué será peor, pero el caso es que ninguno de los dos lo suelta, de lo que uno deduce en su modestia que debe de estarse muy bien sentado allí. Lola Flores, que bailó para ambos, hubiera dejado cantado que tenían tronco de faraón.
Conste en todo caso que servidor prefiere la monarquía a la república, más que nada porque se acuerda de tiempos no tan pretéritos y tiembla sólo de pensar hasta dónde habría llegado la prima de riesgo con Zapatero de presidente del Estado y Rubalcaba del Gobierno. Por lo menos con la política gallinácea de don Juan Carlos y Rajoy bajan algo, aunque sea a cámara lenta. Hay para otra generación. Así que lo de monárquico va en serio, si bien no lo haya sido toda la vida e imagino que a muchos de mi barrio les pasa lo mismo después de tocar madera. O cualquier cosa menos una Borbona, que, encima, transmiten la hemofilia. Suénese usted bien los mocos, no vaya a ser que le sangre luego la nariz.
Cuestión aparte es la del príncipe Felipe, heredero de la corona y matrimoniado con la asturiana Letizia, casi paisana, a la que hubo que descasar a toda hostia por la Iglesia para volver a empezar. Según mi colega Trapi, el de al lado, era sindicalista y roja, otro especimen que faltaba en la familia. Pero es comentario para otro día porque da mucho de sí.
La justicia laica es igual para todos, al decir de la instrucción del juez Castro, que es un peligro porque está a punto de jubilarse por las bravas. Pero la del eclesiásticoTribunal de la Rota no, o así lo veo por lo menos yo.
Sóplame en un ojo, Rouco Varela.