Calmar la sed
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
La 1ª lectura de presenta al pueblo de Israel cansado y sediento. Es símbolo de la raza humana y de cada uno de nosotros. Entre Egipto y la Tierra Prometida está el desierto. Quedan lejos los proyectos entusiastas de primera hora y se apuntan peligros y fatigas. Falta agua. El pueblo comienza a dudar: «¿Está el Señor con nosotros?» Él les da agua de la roca de Horeb. Toda una historia condensada: sed y desesperanza en ellos frente a presencia y cercanía de Dios.
En el evangelio Jesús se encuentra con la samaritana. No en el Templo o en la escuela, sino en la vida ordinaria, junto al pozo que surte de agua. También aquí el encuentro es un símbolo: una humanidad sedienta, pero que no sabe de qué. La sed de la mujer es búsqueda (ha tenido cinco maridos) e insatisfacción. Una parábola de la humanidad. Jesús con tino y mimo conduce la conversación: del agua material a la espiritual («El agua que yo te daré saltará hasta la vida eterna»). Y aprovecha para identificarse: quien habla con ella es el Mesías y quien le regala el agua viva. En domingos próximos, todos de carácter bautismal, aparecerán otras imágenes: luz, vida... Es el camino hacia la Pascua.
Aquí es la sed, una experiencia que podemos llevar a la vida espiritual. Sed de verdad, felicidad, amor, plenitud, vida. Es bueno sentir sed. Quien no tiene sed, no busca agua; quien todo lo sabe nada pregunta; quien se cree rico nada pide. El seguro y satisfecho ¿para qué necesita Cuaresma y Pascua? En este pueblo fatigado y en esta mujer que busca agua estamos reflejados todos. Un buen comienzo para entender que Cristo es el camino a la Pascua, la Respuesta de Dios. Dios nos sacia la sed por Jesús: es el Agua para nuestro camino cuaresmal. No el agua de los valores fáciles de este mundo, sino el Agua verdadera y profunda (la verdad de Dios, amor verdadero, la felicidad plena). En Juan esta Agua se identifica también con el Espíritu Santo. San Pablo nos habla de los dones de Dios: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado». Ahí está el agua verdadera: el amor, el Espíritu de Dios, la gracia que brota de su Misterio Pascual.
En la Eucaristía, encuentro con Cristo sentado junto al camino, se nos da el agua de la Palabra iluminadora y el Cuerpo y Sangre, alimento y bebida para no morir de hambre y de sed.