A LA ÚLTIMA
El Corty
Hace años una buena amiga entró en El Corte Inglés de La Castellana en Madrid con la idea de comprar un frigorífico y acabó comprado un piso. Es un ejemplo tan extremo como real de la magia comercial inventada por los grandes almacenes del difunto Isidoro Álvarez que con su cara de no haber roto un plato revolucionó el mercado español. Fue como si el gran zoco horizontal que eran las urbes todavía marcadas por la influencia mozárabe se hubieran estirado en rascacielos atestados de maravillas para comprar y mirar. La diferencia es que allí no había que regatear; que si te arrepentías de la compra te devolvían el dinero y que los vendedores no te acosaban para gastar. Areces y su sobrino Isidoro se inventaron el vendedor invisible.
Que aparecía y desaparecía. Que estaba y no estaba. Que no te vendía sino que te dejaba comprar. A ti solito. De camino a la planta textil a buscar un jersey, el cliente se compraba un libro y unas flores para la pareja. Siempre mecido por la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano. En la segunda mitad del siglo pasado el genio asturiano de la distribución fueron determinantes en la revolución de las costumbres nacionales. Ellos consiguieron que el ciudadano medio perdiera el miedo a gastar; a entrar en la tienda, a abrir la cartera; el temor a comprar lo innecesario, a cambiar de tresillo sin la urgencia de que el anterior estuviera desportillado. ¡Viva el consumo! Pero toda esta atractiva luminosidad formal vivió asociada a un cierto oscurantismo empresarial de una compañía que nunca mostraba lo que había tras el telón, como los buenos magos. Parecía que funcionaba sola, sin factor humano. A excepción de Isidoro Álvarez no había otro rostro humano al timón. Pero con su desaparición y el cambio de ciclo en las prácticas compradoras inclinadas a internet o al low cost el gran almacén enfila su propia revolución. Enemigo desde siempre de recurrir a la Bolsa para financiar su expansión, ahora tendrá que abrir la trastienda a los ojos de los organismos reguladores y tendrá que poner a la venta lo único que nunca quiso vender: acciones de El Corte Inglés.