Dios en la sala de espera
Liturgia dominical
Comienza un nuevo año litúrgico con el Adviento, que es tiempo de esperanza. Hablar de espera hoy casi parece algo anacrónico. No estamos acostumbrados a esperar. Llevamos décadas viviendo al día, arrebatados por los éxitos de la ciencia y la técnica. La velocidad se impone en todo: transportes, telecomunicaciones, teléfonos móviles... La inmediatez es una batalla ganada. Pero, queramos o no, la espera es parte de la vida. Porque somos humanos y, por eso, capaces de desear y de imaginar caminos para conseguir algo. Si lo vemos posible, entonces es cuando la espera se convierte en esperanza.
La Navidad es un tiempo que viene precedido de la espera, que eso es el «Adviento». Pero ¿qué esperamos? A primeros de diciembre nos inundan muchas expectativas: las próximas vacaciones, aumentar las ventas, el «gordo» en la lotería, el reencuentro familiar. Hasta hay quien espera que todo pase pronto, porque odia estas fechas ya que le traen a la memoria cosas poco agradables.
Y en medio de todo esto, ¿quién espera a Dios? Porque de esto va la espera del Adviento. Con tantas esperas efímeras, brillantes y atractivas en estos días, no nos queda mucho tiempo para ponernos a preparar la llegada del Dios-con-nosotros. Esperarle empieza por entender que Dios, que es «Palabra hecha carne» (así se proclama solemnemente en el día de Navidad), tiene algo que decirnos. Es reconocer que en el fondo aspiramos a una plenitud que no tenemos, pero que experimentamos en alguna ocasión en la que todo encaja. Pero esos instantes tienen algo de fugaz. El equilibrio de la vida, de las historias, de las personas, es cambiante. Porque crecemos, y siempre podemos ir más allá y más adentro. Y podemos vivir con más profundidad. Así que esperar a Dios es preguntarnos por eso que falta, y acaso buscar en el evangelio alguna respuesta. Puede parecer que mejor sería conformarse con lo que uno tiene, sin aspirar a plenitudes imposibles. Pero en realidad el inconformismo es semilla de vida, es camino hacia la mejora, es la puerta abierta a lo nuevo necesario. Dejar de creer en ello es empezar a apagarse. Esperar a Dios es ser consciente de que el mundo, y la vida, necesitan una buena noticia auténtica. El paso siguiente es tratar de descifrarla en Dios y su evangelio. Y hacer de la esperanza un disfrute adelantado.