Dios en nuestro presente
Liturgia dominical
Hoy nos situamos en el tiempo actual, en el que trabajamos, buscamos, esperamos. Nuestro hoy se da en nuestras calles, casas, oficinas... Pero sigue siendo un hoy que exige aprender a escuchar, ponerse en camino, decir algún que otro «Hágase» que desencadene huracanes. Es tiempo para fiarse de los sueños y de las personas, ir más allá de acostumbrado, creer que es posible el milagro de lo nuevo y diferente. Y para superar el riesgo de quedarnos al margen de lo que ocurre, encerrados en una burbuja egocéntrica, sin percibir los signos que, junto a nosotros, anticipan una fraternidad posible. Es un hoy que se hace concreto en rostros reales, historias verídicas y gestos eficaces.
Lo concreto es importante para no acabar siendo poetas que juegan con palabras vacías. Vivir hoy el Adviento tiene que ver con lo prosaico de cada día. Acordarse de los familiares y amigos distanciados, afrontar los conflictos pendientes, buscar el perdón por agravios sin cicatrizar, dedicar tiempo a la fe, a la oración, a la celebración, a las preguntas hondas de la vida... Y también acoger a las personas heridas, descartadas, arrinconadas en las periferias geográficas y existenciales, que necesitan una buena noticia que espante agobios y ensanche el propio horizonte. Entrando a fondo en todo ello encontraremos la verdadera fuente de la alegría, que se nos regala y hemos de regalar de forma convencida y convincente.
El motivo de la alegría es la cercanía de Dios, que viene a nosotros como Salvador y Libertador, nos rescata del poder del Maligno y nos lleva a un mundo lleno de gracia. Dios se hace de nuestra carne y de nuestra sangre, su madre es nuestra madre, su vida es nuestra vida. Inclusive ocurrirá, que, aunque somos pequeños y miserables, en nosotros resplandecerá la misericordia de Dios.
Pero ni será una alegría fácil, ya que tanto nuestra vida como nuestra Iglesia y como nuestra sociedad, no facilitan poder vivir alegres, ni será una alegría superficial. Su fuente y su fuerza están en Dios y, por eso, será origen de nueva vida y aire fresco en nosotros, nuestra Iglesia y nuestra sociedad. Quien cree de verdad en la presencia activa de Dios en nuestra historia concreta, participa de la alegría que es de Dios. La lucha por el Reino de Dios es lucha ilusionada. Difícilmente descubriremos que Dios está entre nosotros, si no estamos equipados con la alegría, el agradecimiento y la valoración positiva de lo bueno que hay en nosotros y en nuestro entorno.