Diario de León

Gente de aquí | Una faena

Castaño se volvió gris

El diestro leonés sólo se llevó silencio de la plaza de Las Ventas.

Javier Castaño da un pase al primero de sus astados en el quinto festejo de la Feria de San Isidro.

Javier Castaño da un pase al primero de sus astados en el quinto festejo de la Feria de San Isidro.

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agencias | madrid
León

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No fue una buena tarde. Javier Castaño, de nazareno y oro, no brilló en Las Ventas, en una jornada en la que lo más memorable fue la cogida a Paco Ureña, que sufrió un revolcón del segundo de la tarde que no le impidió seguir la lidia. El quinto festejo de San Isidro deparó un espectáculo de lo más anodino por lo poco que se prestaron los «bueyes» de Pedraza de Yeltes, de los cuales sólo uno sirvió para hacer el toreo, sin que su matador, Juan del Álamo, lo acabara de aprovechar. La gente sigue sin responder, pues ayer se registró la peor entrada de lo que va de feria. Aunque después de ver la corrida, normal que el que pasa por taquilla prefiriera aprovechar la tarde veraniega en la capital de otra manera.

El gigantesco envío de Pedraza de Yeltes, más propio de las calles, no colaboró, aunque entre col y col surgiera una lechuga, el tercero, al que Del Álamo no acabó de aprovechar. Y eso que empezó brillando el salmantino en un templado y sentido quite a la verónica a ese tercero, el toro con más opciones del envío y, a pesar de ser largo como un autobús, el de menos exageraciones. Con Ureña en la enfermería se corrió turno para que saliera en quinto lugar el reseñado como sexto, un «tacazo» de casi 700 kilos, que, pese a colocar bien la cara, se sujetaba con alfileres hasta que se agarró definitivamente al piso. Poco material para Del Álamo, que no le quedó otra que abreviar. Castaño se las vio y se las deseó para tratar de meter en vereda al mastodonte de 626 kilos que abrió plaza, toro exigente y con mal estilo en la muleta por su tendencia a «meterse» por los dos pitones y derrotar los engaños, con el que el torero de Cistierna anduvo siempre en la periferia, sin acabar de someterlo ni de confiarse. Lo del cuarto fue ya de juzgado de guardia. Un auténtico tranvía de 639 kilos que derribó a Tito Sandoval en varas. Menos mal que estuvo Marco Galán en la brega para poner orden. Tres puyazos tomó el «pedraza», dos de ellos en la querencia, lo que hizo que llegara prácticamente desfondado a la muleta de un Castaño tan descentrado como inédito.

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