Ausente, pero siempre presente
Liturgia dominical
La Ascensión es la despedida de Quien deja a sus hijos la tarea de continuar su obra, pero sin abandonarlos a su suerte, ya estarán asistidos por su Espíritu. Los discípulos saben que se están cumpliendo las Escrituras, que su Espíritu los acompañará siempre y que, a pesar de los pesares, la Iglesia se mantendrá fiel a su misión hasta que Cristo vuelva.
Irse al cielo, junto al Padre, es redondear la victoria sobre muerte y los demás males; pero, además, es anticipar la victoria de toda la humanidad, porque el destino de éstos no está encadenado a esta tierra. Jesús es el primer hombre que vence las limitaciones de la naturaleza humana y entra a formar parte del ámbito de la divinidad. Con Él las posibilidades del hombre dejan de ser limitadas. Nos abre la puerta del triunfo, tras la larga y dura lucha de una exigente entrega. Por eso los discípulos de Jesús no se pueden quedar plantados mirando a las nubes;: Jesús se va al cielo, pero con su entrega nos enseña a construir aquí la civilización del amor.
Importa que entendamos qué significa la Ascensión en nuestra vida: es el momento en que Jesús nos pasa el relevo. «El Señor Jesús ascendió al cielo, y los discípulos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes». Anunciaron un mundo nuevo como una posibilidad real. Si el crucificado y resucitado es Señor del Universo, ¿qué puede haber imposible? Absolutamente nada. Todo es posible. Se acabó el miedo a la muerte y a la nada. Es posible plenamente la esperanza, el amor, la fraternidad, la justicia. Pero hay que arrinconar el miedo y creérnoslo. No podemos aferrarnos al «Sí, pero...». Está escrito: «Echarán demonios, hablarán lenguas nuevas, beberán venenos sin que les haga daño, curarán enfermos imponiendo las manos...». Pensamos que es demasiado bonito para ser realidad, que son solo buenos deseos. Y nos asustamos y echamos para atrás. Nos aferramos a nuestra pobre realidad, sin atrevernos a ponernos en manos de Dios, que es, sin embargo, mucho más seguro que todas nuestras seguridades. ¿Y nos extrañaremos de que las cosas vayan como van? ¿No tenemos lo que queremos y con lo que nos conformamos? Entonces, ¿de qué nos quejamos? Preferimos creer en nuestra belleza, nuestra cuenta corriente, nuestros músculos, nuestro coche, en lo que tenemos y en lo que aparentamos. Y luego nos lamentamos de que sufrimos, de que lo pasamos mal… Cristo nos invita a confiar en Él desde el mismo inicio de su misión. No es una orden, sino una invitación, una oferta. Creed en mí y llevad esta convicción a los demás, nos dice.