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JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Liturgia dominical

La Misa la celebramos por encargo de Jesús, para hacer memoria suya y acoger su mandato de repetirlo hasta el fin de los tiempos. ¿ Qué hizo? La noche antes de padecer, celebró con sus discípulos la cena pascual, que era la acción de gracias («¡Eucaristía!») por haber sido librados de la esclavitud en Egipto y por otros muchos beneficios a favor del pueblo de Israel. Pero aquella noche, Jueves Santo, Jesús cambió el símbolo y lo simbolizado: ya no hay cordero pascual, sino Cordero de Dios; pan y el vino son Cuerpo y Sangre de Cristo, nuestra cena, la Eucaristía, no es una acción de gracias por esta o aquella liberación, sino por la liberación total, que incluye la derrota de la muerte. Hacemos memorial (que es actualizar) de pasión y muerte del Señor, presente en el pan y el vino, pero también de su resurrección. Es el Misterio Pascual, con el que se llega a la cumbre de la obra salvadora de Cristo: «Por la Cruz a la Luz». Con la Cena pascual Jesús no anuncia su sacrificio, sino que lo lleva hasta el extremo del mayor realismo, al entregar su cuerpo y sangre hasta la muerte de cruz.

Desde entonces los domingos celebramos la Eucaristía como memoria y encargo de Jesús. Pero, aunque celebramos la Misa en su memoria, no siempre parecemos tener buena memoria de lo que Jesús nos encomendó. Repetir el gesto de Jesús de entonces choca a menudo con nuestro retraimiento en llevar a la práctica diaria lo que Él hizo y nos mandó hacer. A veces nos quedamos en el rito, en el «jueves santo», pero no llegamos al «viernes santo». No pasamos del rito a la vida, del sacramento a su significado, de comulgar a comunicar los bienes como exigencia cristiana. Celebramos el amor de Dios que nos amó hasta el extremo, pero no hacemos de ese amor un modelo para nuestro amor. Por más que repitamos los gestos y las palabras de Jesús, podemos perder de hecho su memoria, olvidar su lección y su ejemplo.

No olvidemos que jueves santo y viernes santo están inseparablemente unidos, como lo están Misa y misión cristiana, amor de Dios y amor al prójimo. Tampoco aquí debemos separar lo que Dios ha unido. Deberemos comprender que la Misa no se termina con la Misa, sino con la misión. Es decir, que no vamos a Misa por ir, que no somos cristianos por ir a Misa. La Misa es, por una parte, la expresión de nuestra fe («Este es el sacramento de nuestra fe»), esperanza y caridad; y, por otra, es también una exigencia para hacer operativas estas virtudes. Por eso, cuando finaliza el rito, comienza la realidad en la vida; cuando termina la reunión eclesial, debe comenzar nuestro compromiso cristiano; cuando termina la Misa, debe recomenzar la misión. Por eso, será fácil entender por qué van de la mano la Fiesta del Corpus y el Día de Cáritas.

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