La tormenta y la calma
Liturgia dominical
Jesús nos invita, también hoy, a «cruzar a la otra orilla», es decir, a no aferrarnos en nuestras seguridades, a superar el temor a su ausencia, a lanzarnos confiados a lo nuevo. Él puede parecer que está ausente, pero nada escapa a su señorío. Con la seguridad de su apoyo, nosotros nos lanzaremos a llevar la Buena Noticia, con palabras y obras, a nuevas fronteras. Nunca podremos tener miedo a hundirnos si abandonamos lo de siempre y nos adentremos en mares que parecen regidos por poderes deshumanizadores.
San Agustín, de forma incisiva, pregunta al creyente: “¿Por qué pierdes tu calma?... Tu corazón se encoge con las apreturas del mundo, como aquella nave en que dormía Cristo. La tempestad se enfurece en tu corazón; mira, no te vayas a pique; despierta a Cristo. El apóstol san Pablo nos tiene dicho que por la fe habita Cristo en nuestros corazones. Por la fe habita Cristo en ti. La fe presente es Cristo, la fe despierta es Cristo despierto, la fe olvidada es Cristo durmiente. Despiértalo, pues; sacúdete, di: ¡Maestro, que perecemos!”.
Parecida es la experiencia de Job: en la crisis ve la grandeza de Dios y descubre que él no es nadie para pedir explicaciones. Mientras los amigos, falsamente piadosos, fracasan en sus consejos, Job se enriquece con la experiencia: «Antes tan sólo te conocía de oídas; ahora te han visto mis ojos». A menudo queremos explicar las tensiones humanas con la filosofía o una pobre religiosidad semipagana. La única respuesta es «entrar en el misterio de Dios», Creador y Señor, que domina sobre el mal -el mar tenebroso- y que se hace cercano en Jesús, Señor del Universo. La tormenta se supera «entrando en el misterio de Dios», con la seguridad de Jesús: «A tus manos encomiendo mi espíritu».
La tormenta del Mar de Galilea se convierte en parábola. Arrecia el viento, crecen las olas y la débil barca parece irse a pique. Allí están aquellos pescadores que, con la dormición del Señor, han de afrontar tormentas personales y eclesiales. Son los mismos que van a ser enviados al mar embravecido de un mundo necesitado de Evangelio. Aquella tormenta se hizo Palabra para, una vez más, ayudar a la conversión al Evangelio. Era necesario que, cada vez que el miedo amenazara su aventura evangelizadora, apareciera la fuerza del Señor Resucitado que estaría con ellos todos los días, hasta el fin del mundo. El misterio cristiano es éste: con la fe todo se pone en pie, todo puede ocurrir. Sin ella, todo es oscuridad. Dios sigue a nuestro lado, aunque parezca dormir en un rincón.