Portadores de la Buena Noticia
Liturgia dominical
Jesús envía a sus discípulos de dos en dos para que anuncien el evangelio por toda Galilea. Primero los llama y después los envía o, mejor, los llama para enviarlos. La vocación no puede separarse de la misión, que es su consecuencia lógica. No se puede ser discípulo de Jesús sin ser un enviado de Jesús al mundo; es convertirse, por tanto, en mensajero. Por eso decía Pablo: «Porque creemos, hablamos» y «¡Ay de mí si no evangelizare!». Del mandato de Cristo se deduce que todos los cristianos participan de su misión, de su ministerio profético, y que toda la Iglesia es misionera y que el evangelizar no es cosa de unos pocos. Ir a Misa, sentarse en los bancos y oír el evangelio es sólo la mitad, y menos de la mitad si no cumplimos lo que nos falta. La fe sin el testimonio y la Misa sin la misión no es lo que debe ser. La comunidad cristiana no es una asamblea de oyentes sin más ni más, porque es la comunidad la que toma la Palabra de Dios y recibe el encargo de proclamarla. La Eucaristía termina siempre con la misión. En la Iglesia todo somos llamados antes de ser enviados, todos somos fieles antes de ser misioneros, o sacerdotes, o lo que seamos. Podemos admitir que es alguien muy religioso o piadoso, pero poco o muy poco cristiano, quien no escuche la palabra de Dios le llegue por donde le llegue (aunque sea por profetas que no lo son de oficio, como ocurre con Amós, en la primera lectura, que era pastor de cabras y cultivador de higos).
Ser cristiano, ser creyente, ser discípulo de Jesús no es sólo cuestión de estar apuntado en el libro de bautismos, como si bastara inscribirse en un registro. Ser cristiano es, en primer lugar, cuestión de fe, de adhesión personal, de aceptación en la propia vida de un lugar preeminente para Jesucristo. Si Jesús, su persona y su mensaje, no se convierten en el centro de la propia existencia, se podrá hablar de estadios de religiosidad, de credulidad, de posiciones previas a la fe, pero nunca de fe propiamente dicha. En esto, seamos sinceros, todavía tenemos mucho que hacer, pues el criterio de identidad cristiana para una gran mayoría sigue siendo el de estoy bautizado y creo que hay Algo.
¿En qué mensaje hemos de creer, qué hemos de vivir y qué necesitamos transmitir? Decimos que el mensaje es una Buena Noticia. Para que haya tal buen anuncio, éste debe afectar a algo concreto de la vida humana que necesita una respuesta positiva, una solución al problema. Más exactamente, es la Buena Noticia, y no una noticia alegre cualquiera. Es la «Buena» Noticia, porque viene a responder a toda la negatividad con que el hombre se puede encontrar a la hora de buscar un sentido a su vida, porque ofreces luz y soluciones a los interrogantes más profundos y vitales del hombre. Por ejemplo, ante la enfermedad, la Buena Noticia se presentará o como curación del enfermo o como respuesta de sentido: el dolor y la enfermedad son una limitación humana, que unas veces se puede resolver y otras no, pero, en este último caso, aunque sobrevenga la muerte, el ser humano sigue estando en manos del Dios Padre que le da la vida definitiva en la resurrección. La Buena Noticia ha de encarnarse y responder a los problemas concretos, sea dando una solución directa, sea dando un sentido a las situaciones que reclaman luz y esperanza.