Con los ojos abiertos
Liturgia dominical
El evangelio de este domingo se sitúa en Jericó, camino de Jerusalén, en el encuentro de Jesús con el ciego Bartimeo. Su curación es un paradigma que conviene desentrañar. El ciego es cualquiera de nosotros, porque todos tenemos grandes dificultades para ver el camino, ya que éste es la cruz. Jesús está llegando a ella y nadie comprende que él, el Hijo de David, será Mesías precisamente desde la cruz. Con todo, nosotros, como el ciego, queremos algo nuevo. No sabemos muy bien qué podemos esperar de Jesús, pero sí intuimos la única cosa que vale la pena saber: en Él está la luz. En el relato, el evangelista Marcos tiene intención de apuntar a un significado que es más que la curación de la ceguera. Seguramente nos está invitando a que, como el ciego, pidamos a Jesús que nos abra los ojos para llegar a comprender su camino. Y también a que le pidamos que, como el ciego, nos animemos a tener sus mismos criterios y aprendamos a mirar como Él mira. Él no tendrá en la vida más armas que las del amor, las únicas armas de Dios.
Paradójicamente la luz pasa por la ceguera, lo mismo que la fe es una luz en la oscuridad. Quien no tiene conciencia de estar ciego no busca ni pide la luz. Esta conciencia de invidentes hay que reconocer que hoy día no nos gusta nada. Somos propensos a pensar o que todo está claro (mentalidad cientifista) o que nada está claro (mentalidad nihilista). Pero, para alcanzar la luz de la fe lo primero es reconocer nuestra condición de ciegos. La fe ilumina y da sentido a la vida del hombre, porque nos aclara de dónde venimos y cuál ha de ser el fin de nuestro destino. La fe alumbra de cerca y con calor nuestra existencia individual y comunitaria, en la que el camino justo que se ha de emprender implica tender la mano al prójimo con limpieza de intención, abrirse a la esperanza y al amor, poner cariño en las cosas, no encerrarse en uno mismo. Aquí, en esta encrucijada cercana y diaria, es donde la fe cristiana se convierte en luz y calor. A los ciegos que gritan, Jesús les abre los ojos y así se sienten iluminados porque ven la vida y las cosas con otra claridad. No es esto cuestión de razones, aunque también se pueda razonar. Es cosa de experiencia y de vida. Un ejemplo está en, cuando alguien, al oír el Sermón de la Montaña o ver que Jesús prefiere que lo maten a matar, cae en la cuenta de que la misericordia es el único camino para conseguir la fraternidad entre los hombres.