Diario de León
Publicado por
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Liturgia dominical

En este domingo, penúltimo del Tiempo Ordinario, somos convocados a pensar en el fin del mundo y en el cierre de la historia de la salvación. Viene bien mirar serenamente hacia el final para entender mejor el principio y, sobre todo, saber vivir en el presente. Meditar en las realidades últimas es signo de valentía espiritual. La parábola de la higuera invita a vigilar y a interpretar los signos de los tiempos: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, la primavera está cerca. La palabra «cerca» es clave; los signos de los tiempos no anuncian el fin del mundo, sino la cercanía del fin.

Más que hablar de realidades últimas, sería bueno pensar que la vida terrena es tan sólo un ensayo, verdad que tímido y limitado, del gran papel que nos va a tocar en el futuro que ha de llegar. Allí participaremos de la vida de Dios: su bondad, su misericordia sobre los acontecimientos, la visión amorosa de los hombres. Participaremos de su felicidad, que consiste en darse sin límites. Eso es para nosotros la vida futura y en eso creemos. Pero a menudo llevamos una vida que, si bien con abundantes excepciones, no tiene mucho que ver con ese final feliz que afirmamos. Porque nuestro modo de vivir aquí y ahora no siempre se asemeja al modo de vivir de Dios, que conocemos por el modo de vivir del mismo Jesucristo.

Al cristiano se le encarga de que ese futuro sea presente. Asumir, mirando al mañana, la responsabilidad de cada día. En cada acción —por diminuta que ésta sea— resuene un cierto aire de futuro. La fe y la esperanza nos aseguran que Dios da futuro al presente. Creer es acoger a Dios en el cada día y abrirnos a la conversión que implica renacer cada día y proyectar la vida hacia adelante.

Cuando alguien fallece, solemos hablar de la brevedad de la vida y de lo inútil que es desvivirnos por cosas que no van a ninguna parte. Hasta hacemos firmes propósitos de empezar a valorar lo importante y dejar de lado todo lo demás. Son reflexiones y propósitos que igual que llegan se van; pronto todo vuelve a ser como antes... Así olvidamos que todo es perecedero. Todo menos la palabra de vida de Jesús, que fue amor y servicio al prójimo. ¿Asumiremos con vigor lo que en esos momentos descubrimos? ¿Cuándo nos dispondremos a vivir de acuerdo con la lucidez que Dios nos da para acertar a distinguir entre lo que pasa y lo que perdura? Aunque volvamos la espalda a la realidad y cerremos los oídos a las palabras de Jesús, recordemos que sus palabras no pasarán. ¿Seguiremos dejando de lado la verdad?

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