La nueva condición de hijos
Liturgia dominical
En este domingo las lecturas bíblicas nos presentan la presencia del Hijo de Dios entre los hombres —«la Palabra, el Verbo, hecho carne»—, comunicándose en la historia a los hombres, y convirtiéndolos en hijos de Dios. Aún está reciente el último fin de año; podemos decir que acabamos de estrenar año nuevo. Seguro que, con tal ocasión, hemos hablado de cómo todo pasa y envejece: las cosas, el tiempo, las personas, cada uno de nosotros. ¿Qué es lo que nos queda? Que Dios nos ha destinado por medio de Jesucristo, según su voluntad y designio, a ser sus hijos, para gloria de su gracia divina...
Ninguno de nosotros se ha ganado ese destino; es Dios mismo quien nos lo regala en su Hijo por el amor que nos profesa. O sea, el Dios que ha hecho todo, tiene además la previsión de hacernos hijos suyos; y esto por medio de Jesucristo. Así, pues, nuestro destino comienza y acaba en el regazo paternal de Dios, porque nos lo proporciona Cristo Jesús. Somos hijos en el Hijo. Este destino tiene un fin inmediato y un fin último: Dios quiere otorgar a sus hijos «la gloria de su herencia». Por eso, sus hijos tienen que llevar ya ahora una vida «santa e intachable» ante él. ¿Pero puede de verdad un ser humano -aun con la mejor voluntad y los mayores esfuerzos- llevar ante y para Dios una vida «santa e intachable»? Desde un punto de vista meramente humano, nadie podrá conseguir esto, pero sí desde un punto de vista cristiano, es decir, con Jesucristo. Dios nos ama incluso a pesar de nuestra maldad y pequeñez, porque nos ama en Jesús, su querido Hijo.
Pero hay algo más: nuestro destino no se nos otorga como una mera participación en una herencia, sino que somos hijos de verdad. Dada esta nueva condición, habremos de esforzarnos por vivir de manera agradable a los ojos de Dios. Dios nos convierte en hijos suyos y esto con todos los derechos y obligaciones. Nos ha destinado a ello de antemano, siendo el garante y mediador de nuestro destino el mismo Jesucristo. A la vista de las conmociones que sufre nuestra sociedad y nuestra Iglesia, a cada cual se nos presentan dos caminos: o bien el sufrimiento y el miedo se convierten en amargura y tristeza, con lo cual no nos podremos mover y lo perderemos todo, o bien el sufrimiento y la tristeza se trascienden en alabanza al amor de Aquel que nos amó primero. Pablo sufrió por anunciar el Evangelio, pero el sufrir le ayudó a entender mejor la pasión de Jesucristo y fortaleció su fe, su amor y su esperanza. Al verse privado injustamente de libertad, comprendió mejor la verdadera libertad de los hijos de Dios, la libertad del que cree contra toda esperanza, del que supera con amor toda persecución. La fe firme en nuestro destino de hijos de Dios puede transformar la más tediosa cotidianidad y aun el mayor sufrimiento, en alabanza y agradecimiento, si tal destino lo vivimos como un tesoro que se nos regala. Para tener esta vivencia es para lo que necesitamos una fe fuerte y una firme esperanza. Esta es la oración de Pablo que podemos hacer nuestra al comienzo del nuevo año: «Dios ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis a qué esperanza habéis sido convocados por él, y la riqueza de su herencia que concede a los santos».